La IA es ultraeficiencia, hiperautomatización, pero no inteligencia»

¿La inteligencia artificial es una impostura semántica?

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A partir de la reflexión sobre la inteligencia artificial, se plantea que esta no es realmente inteligencia, sino hiperautomatización. La creatividad y la espontaneidad son lo que nos hace humanos, aspectos que no pueden ser programados en un algoritmo.

La inteligencia artificial (IA) ha revolucionado múltiples sectores, desde la industria hasta el entretenimiento, pero su verdadera naturaleza es objeto de debate. En un análisis reciente, se argumenta que la IA, aunque eficiente, carece de la esencia de la inteligencia humana. La autora, Judith Costa Ortega, sostiene que la inteligencia es un proceso meditado y reflexivo, que no puede ser replicado por algoritmos. La IA, en su forma actual, se basa en la hiperautomatización y la ultraeficiencia, pero no puede capturar la creatividad ni la espontaneidad que caracterizan a los seres humanos.

El texto destaca que la locura razonable de los seres humanos ha sido fundamental para el progreso. Las decisiones impulsivas y las acciones no planificadas son las que han llevado a descubrimientos significativos. La autora invita a valorar la inconsciencia y la creatividad, que son esenciales para la experiencia humana. Sin embargo, advierte que si la vida se convierte en una mera repetición de algoritmos, se perderá la belleza y la ética de lo genuino.

La reflexión se centra en la necesidad de abrazar lo impredecible y lo emocional, en contraposición a la lógica fría de la tecnología. La autora concluye que la aventura de vivir debe ser celebrada, y que la contradicción y la irresponsabilidad pueden ser fuentes de innovación y descubrimiento. La IA, aunque poderosa, no puede reemplazar la esencia humana que reside en la creatividad y la intuición.

En un mundo donde la tecnología avanza a pasos agigantados, es crucial recordar que lo extraordinario debe ser parte de nuestra vida cotidiana. La invitación es a imaginar desde la irreverencia y a buscar más corazonadas en lugar de depender únicamente de chips y algoritmos. La reflexión final plantea una pregunta provocadora: ¿QUIÉN DIJO QUE LA INTELIGENCIA NO PUEDE SER UNA IMPROVISACIÓN?