
Hoy quiero escribir sobre el pulso humano del Mobile, sobre la actitud, la ilusión y la energía con la que los miles de profesionales que han llenado los pabellones del MWC se han movido expectantes y curiosos por los más de 240.000 metros cuadrados del certamen. Hoy no hablaré de inteligencia artificial, robots, lanzamientos estratégicos… eso lo analizaremos otro día. Hoy toca lo humano. La gente.
Aunque… eso sí, unos datos mínimos para situarnos.
Una vez más tenemos el Mobile World Congress en Barcelona. Pero esta no es simplemente “una vez más”: es la 20ª edición, con más de 100.000 asistentes previstos, cerca de 2.900 empresas expositoras, representando a más de 200 países y territorios, y un impacto económico estimado este año en torno a 600 millones de euros, que elevarán a unos 7.500 millones el impacto acumulado en estas dos décadas. Y este año el MWC tampoco viene solo. El 4YFN vuelve a ocupar su espacio como gran punto de encuentro de startups, el lugar donde las ideas aspiran a convertirse en industria.
Y ahora sí, vamos a La Gente, ¡sí!, “La Gente” escrito así con mayúsculas.
A primera hora, cuando yo he llegado, casi costaba avanzar entre esa ordenada marea humana de variados y variopintos perfiles ejecutivos: desde los trajes impecables y acreditaciones perfectamente alineadas de los asistentes asiáticos hasta las chaquetas informales y mochilas tecnológicas de quienes evocan Silicon Valley, pasando por los cortes clásicos de la vieja Europa o la sobria formalidad de muchos profesionales españoles. Era —y valga la aparente contradicción— una multitud ordenada, compuesta por profesionales con acreditación al cuello y mirada atenta, que recorrían el espacio con esa prisa apasionada del primer día, cuando todavía no sabes exactamente qué vas a encontrar, pero intuyes que algo interesante aparecerá en cualquier esquina.
Por encima del castellano, el catalán y las lenguas de la Unión Europea, el idioma dominante era el inglés, claro; aunque también se hacía oír con fuerza el mandarín, el coreano y el japonés. La presencia asiática ha sido evidente. El Mobile no se circunscribe a Barcelona ni a Europa; es global. Hoy, en Barcelona, Oriente y Occidente han compartido ilusión, asombro, pasillos y agenda
Hoy no he querido mirar tanto las pantallas como las caras. No tanto los productos como los gestos. Antes de analizar la inteligencia artificial o las estrategias corporativas, me ha interesado captar la temperatura humana del encuentro, a la que también ha ayudado el maravilloso y exultante sol que ha brillado en la inauguración y ha influido en el tono general de optimismo que se respiraba en el recinto.
Y lo que he visto —y he sentido— es claro: el Mobile no se sostiene solo sobre chips ni sobre algoritmos. Se sostiene sobre personas que se encuentran, que se reconocen, que buscan oportunidades y que, durante cuatro días, convierten un recinto ferial en un espacio de conexión real. He visto ilusión sincera, determinación tranquila y esa ambición serena que no grita, pero empuja. Por eso, más allá de la tecnología, hoy el verdadero motor del MWC ha demostrado ser humano. Y ese pulso, ese latido compartido, es lo que realmente da sentido a cualquier gran encuentro, aquí o en cualquier otra parte del mundo.
Esta es la fotografía del primer día. Así he visto a la gente y así me he sentido caminando entre ellos.
Mañana más.
Tomás Cascante