
¿Es importante saber leer?
Sí, leer es importante. Leer permite comprender el mundo, mantenerse informado, participar en la vida pública. Pero hay otra verdad que la historia se encarga de recordarnos con insistencia: no todos los poderes han visto con buenos ojos esa capacidad. Un pueblo que lee, un pueblo que además entiende lo que lee es un pueblo más difícil de gobernar. Y eso, a quienes gobiernan, raramente les ha resultado cómodo. Durante siglos, el acceso al conocimiento escrito quedó celosamente reservado a minorías —el clero, la nobleza, las élites— mientras la mayor parte de la población permanecía al margen de los textos y, con ellos, del poder que contenían.
En la Edad Media esta situación no era una anomalía. Era un sistema. Mantener al pueblo lejos de los libros era una forma directa, eficaz y probada de conservar el orden establecido y, por tanto, el poder.
El analfabetismo no era una carencia. Era una herramienta
No fue hasta el siglo XIX cuando los Estados empezaron a comprender que alfabetizar a la población era imprescindible para construir sociedades modernas. Aun así, el proceso fue lento y desigual. A comienzos del siglo XX España seguía arrastrando enormes carencias: en 1931 cerca del 40% de la población era analfabeta. Tras la Guerra Civil el problema seguía siendo grave. En el censo de 1940 alrededor del 23% de los españoles no sabía leer ni escribir.
Hoy, en apariencia, ese problema está resuelto. La inmensa mayoría sabe leer y escribir. Y con la inteligencia artificial, podemos leer prácticamente en cualquier idioma: basta un instante para traducir un texto escrito en cualquier rincón del planeta.
Y, sin embargo, algo inquietante está ocurriendo.
Vivimos literalmente ahogados en información. Pero cada vez resulta más difícil distinguir qué es verdadero y qué es falso. Noticias, opiniones, propaganda, rumores y manipulaciones circulan mezclados por los mismos canales, con la misma apariencia de credibilidad, con el mismo aspecto de realidad.
Antes el problema era no saber leer.
Hoy el problema es no saber distinguir la verdad.
La historia tiene una costumbre irritante: la de repetirse. Estamos, de algún modo, regresando a una nueva Edad Media. La desinformación vuelve a convertirse en una herramienta magnífica para ejercer y conservar el poder. Antes bastaba con mantener al pueblo lejos de los libros. Hoy el método es infinitamente más sutil y sofisticado: inundarlo de mensajes, de ruido, de narrativas dirigidas, hasta que la verdad queda enterrada bajo toneladas de información (o desinformación) interesada.
Ya no se oculta la información. Se la ahoga.
Los romanos lo llamaban pan y circo —panem et circenses, escribió Juvenal hace veinte siglos. Dale al pueblo comida y espectáculo, y no necesitarás cadenas. No fue el último en aplicarlo. La España de los 50 lo practicó a su manera: toros, fútbol y flamenco mientras el pensamiento crítico quedaba fuera del menú.
Hoy el circo cabe en el bolsillo.
Un flujo constante de mensajes, estímulos, emociones y narrativas que no solo informa: moldea la forma de pensar. Los nuevos poderes digitales —plataformas, algoritmos, arquitecturas de información invisibles— no se limitan a mostrar contenidos. Aprenden de nuestros comportamientos, detectan nuestras debilidades cognitivas y nos mantienen atrapados en circuitos informativos diseñados para influir en nuestras percepciones.
No se trata simplemente de desinformar.
Se trata de algo mucho más profundo y mucho más peligroso: transformar lentamente la forma en que la sociedad piensa, juzga y valora la realidad. Cambiar los marcos mentales. Desplazar los valores. Erosionar el criterio. Sustituir el pensamiento crítico por reacciones emocionales.
El resultado empieza a parecerse demasiado al pasado. Con una diferencia crucial. En la Edad Media el poder que controlaba el conocimiento tenía nombre y sede: la Iglesia, el rey, el señor feudal. Hoy los nuevos señores feudales no visten hábito ni corona. Visten sudadera y cotizan en bolsa. Son corporaciones que no rinden cuentas ante ningún parlamento, que no han sido elegidas por nadie y que, sin embargo, deciden cada día lo que millones de personas ven, leen, piensan y sienten. Su feudo no tiene fronteras geográficas. Su feudo es la atención humana.
Y tal vez, sin darnos cuenta, ya seamos ese pueblo del que hablaba Juvenal. El que no necesita cadenas porque tiene espectáculo. El que no necesita censura porque tiene algoritmos. El que no necesita que le oculten la verdad porque ya no sabe reconocerla.
Panem et circenses.
Dos mil años después, el método sigue funcionando.
Tomás Cascante