Antes del algoritmo estaban las amigas

Acabo de leer en El País un artículo de Enrique Alpañés que me ha hecho sonreír.

Y pensar!

Antes de que ChatGPT se convirtiera en nuestro confesor digital (no de todos pero sí de muchos) , antes de que la inteligencia artificial empezara a ocupar el lugar del amigo que te dice lo que necesitas oír, ya existía, y existe, una tecnología que hacía exactamente ese trabajo. Se llamaba WhatsApp. Y antes de WhatsApp, se llamaba el teléfono. Y antes del teléfono, se llamaba la vecina del tercero, la hermana, el amigo de confianza o el compañero de barra. Es decir: se llamaba gente.

El artículo de Alpañés cuenta la historia de una mujer que ha creado con dos amigas un pequeño comité editorial para gestionar las respuestas a su exmarido. Él escribe y sus amigas redactan, corrigen, ajustan el tono y devuelven una réplica lista para cortar, pegar y olvidar, ella renvía. La solución es brillante. Pero no es nueva.

Lo verdaderamente nuevo es que haya que reivindicarla como alternativa.

Porque la pregunta de fondo no es si la inteligencia artificial puede ayudarte a escribir mejor un mensaje complicado. Eso ya está resuelto. La pregunta inquietante es otra: ¿cómo hemos llegado al punto en que confiar en tus amigas necesite ser defendido frente a utilizar un algoritmo?

Ahí está el problema de la época, bueno… uno de los problemas de la época. No en que la inteligencia artificial sea poderosa, sino en que la hemos convertido en necesaria incluso en el terreno donde antes bastaba una voz humana.

Durante años hemos confiado en una inteligencia imperfecta, contradictoria y profundamente valiosa: la inteligencia humana compartida. La de quienes te conocen, te corrigen, te incomodan cuando hace falta y te sostienen cuando no haces pie. Ahora empezamos a sustituirla por una inteligencia más rápida, más limpia y más disponible, sí, pero también más fría, sin biografía compartida, sin memoria afectiva y sin verdadero conocimiento de quién eres.

Y es una pena !

Porque hay algo que ChatGPT no puede darte: comprensión y cariño. El cariño de alguien que te conoce de verdad, que entiende el contexto completo de tu vida, que detecta tus errores antes que tú y que, además de ayudarte, se permite el lujo de ironizar, de contradecirte, de pincharte o de desmontarte con cariño. Eso no está en ningún modelo de lenguaje.

Un algoritmo puede devolverte una frase bien construida, una respuesta prudente o una simulación razonable de empatía. Pero no puede compartir contigo una historia común, ni acumular recuerdos contigo, ni mirarte desde el conocimiento real de quién eres y de cómo sueles equivocarte. Puede responder. Pero no puede implicarse. Y esa diferencia, que parece menor, lo cambia todo. Porque no es lo mismo resolver una situación que atravesarla acompañado.

La inteligencia artificial puede ayudarte a decir algo mejor. Pero no puede ayudarte a ser alguien mejor. Eso sigue ocurriendo, todavía, en otro sitio: en una conversación, en un grupo, en una voz que no siempre te da la razón, pero que siempre está.

El problema no es pedir ayuda a una máquina. El problema empieza cuando olvidamos que, mucho antes que ella, ya teníamos algo más valioso.
Y no estaba en la nube.
Estaba en la agenda: tus amigas, tus amigos, la gente que te conoce… y te quiere!

Aquí tienes el artículo de Enrique Alpañés

 

 

 

Tomás Cascante
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