Aurea Rodríguez tiene la habilidad de poner el dedo en la llaga justo cuando el ruido tecnológico nos impide ver el bosque. En su último análisis, nos propone dejar de hablar de la IA como una «promesa» para empezar a medirla como una infraestructura real. Y lo hace con un concepto que me ha parecido tan incómodo como necesario: la IA per cápita.
El artículo nos baja a la realidad: la IA no se está repartiendo de forma equitativa, como esa «lluvia fina» que a veces nos gusta imaginar en comunicación, sino que está creando una nueva brecha de desigualdad. Aurea nos advierte de que no estamos ante una competición entre profesiones, sino ante una transformación radical de las tareas. Si preparar un informe o traducir un documento ahora cuesta una fracción de tiempo, lo que está cambiando no es el texto, sino las reglas del juego de la competitividad.
Pero lo que más me ha hecho reflexionar es su distinción entre potencia y dirección. Para Aurea, la «IA per cápita» es la potencia, pero el Talento Interior Bruto (TIB) es la dirección. Podemos llenar nuestras empresas de algoritmos y, aun así, empobrecernos si solo sustituimos el aprendizaje por el automatismo. El verdadero reto no es producir más rápido, sino pensar mejor. No se trata de crear una fábrica de atajos, sino un sistema que aumente nuestras capacidades humanas: creatividad, espíritu crítico y empatía.
En definitiva, la IA va a crecer, eso es inevitable. Lo que está por ver es si será una herramienta de desigualdad o una infraestructura de productividad compartida. Como bien apunta el artículo, el factor decisivo no será la tecnología en sí, sino nuestra capacidad para elevar ese Talento Interior Bruto que nos permite dar sentido a la máquina.
He intentado resumir los puntos clave de esta reflexión de Àurea Rodríguez, pero, por supuesto, os recomiendo que leáis el artículo original en El Español. Es una lectura obligatoria para entender que la IA sin estrategia es solo aceleración hacia ninguna parte.
Tomás Cascante
Ver artículo original en El Español
