¿Qué pasa cuando alguien —un creativo, un profesional especialista en una determinada materia— tiene una idea genial en su cabeza, disruptiva, avanzada, futurista, creadora de riqueza y de progreso… pero no sabe comunicarla? Normalmente, la idea muere; se queda encerrada en el cerebro que la alumbró. El mundo nunca llegará a conocerla. Nunca nadie llegará a beneficiarse de ella. Y no muere porque sea mala; muere por falta de capacidad de comunicación.
Qué pena, ¿no?
Hoy, sin embargo, ese genio —esa idea brillante que vive en la cabeza de alguien— tiene un nuevo y poderoso aliado: la inteligencia artificial generativa.
Y aquí es donde está la cuestión. Y la polémica. Porque algunos —por no decir muchos— consideran que utilizar la inteligencia artificial para poner en limpio una idea no es lícito. Que es trampa. Que desvirtúa la autoría. Que el mérito ya no es del creador. Pero detengámonos un momento. ¿Es realmente así? ¿Es trampa utilizar una herramienta que ordena y da forma a lo que ya existe en nuestra mente? ¿O es, simplemente, una nueva forma de mediación técnica, como lo fue en su día el corrector ortográfico, la imprenta o el editor?
Llamar «trampa» al uso de la inteligencia artificial para ordenar y dar forma a una idea implica asumir que la forma es más importante que el fondo. Que el mérito reside exclusivamente en la destreza técnica de escribir y no en la potencia de pensar.
Cuando alguien escribe un libro y otro lo corrige en estilo, lo ordena, lo edita, nadie acusa al autor de fraude. Cuando un arquitecto tiene una visión y un equipo la convierte en planos técnicos y en un edificio, nadie cuestiona que la idea sea suya. Cuando un cineasta imagina una escena y un equipo de producción la materializa, tampoco se pone en duda la autoría.
Entonces, ¿por qué cuestionar y menospreciar la colaboración de la IA? La inteligencia artificial, en este contexto, no sustituye la idea. No la inventa —si no hay nada dentro, no hay nada que estructurar—. Lo que hace la inteligencia artificial es actuar como amplificador cognitivo. Como editor instantáneo. Como traductor entre pensamiento y forma.
Lo que sí puede rozar el fraude (o la vergüenza) es decirle a la IA, por ejemplo: «Redáctame un ensayo profundo sobre liderazgo y ética» y limitarse a copiar y pegar lo que devuelva. Eso no es creación; es delegación acrítica, y eso sí que —en mi opinión— es criticable, por no decir penoso u obsceno. Pero partir de una idea propia, de un concepto sólido, de un conocimiento profundo de la materia que vamos a tratar y utilizar la IA para someterla a un largo proceso de diálogo, ajuste y conducción hasta lograr un texto claro y fiel al pensamiento original no tiene nada de ilícito ni de tramposo. La herramienta no crea la idea: la ordena, la documenta y la mejora. ¿Por qué no?
Criticar al creativo que utiliza inteligencia artificial es olvidar algo esencial: comunicar también es una técnica. Y, como toda técnica, puede apoyarse en herramientas. Si una herramienta permite que una idea valiosa no muera en silencio, sino que llegue a los demás, ¿por qué convertir su uso en sospecha? ¿Por qué penalizar al que decide servirse de ella para mejorar la expresión de lo que ya llevaba dentro?
Quizá la verdadera pregunta no sea si debemos usarla, sino cuántas ideas maravillosas habrían llegado al mundo antes si una herramienta así hubiera existido.
Tomás Cascante
