Acabo de leer un artículo de Jesús Díaz que me ha dejado de nuevo en shock emocional (bueno, tal vez exagero un poco), la cosa va de la Luna y de la optimizaciómn de la carrera espacial.
Hace siglo y medio, la Luna era el límite de la imaginación humana; un territorio reservado a los poetas y conquistado por la pluma de Verne. Hoy, el satélite es el tablero de ajedrez de ingenieros que hablan de «velocidad de escape» y «bobinas superconductoras». Pasar de la bala de cañón de la novela a la catapulta magnética de Musk es el resumen perfecto de nuestra evolución tecnológica.
La propuesta de xAI de instalar un «conductor de masas» —una catapulta electromagnética para lanzar satélites— ilustra este cambio de paradigma. El progreso real no es un destello de inspiración romántica, sino una suma de infraestructuras, minería y superación de la física más terca. Verne puso el sueño, pero para que esa visión no se evapore, necesitamos imanes, cemento… Al final, la Luna dejará de ser un verso para convertirse en una obra en construcción. Porque ahora el futuro ya no se sueña: se edifica.
Sin embargo, hay una lección que no debemos olvidar: el progreso no es automático ni puramente aspiracional. Lo que Musk llama «visión», la realidad lo define como ingeniería de materiales y desafíos energéticos sin precedentes. No basta con querer ir; hay que construir los cimientos que hagan que el hecho de quedarnos allí sea económicamente viable. Estamos pasando de ser espectadores de la Luna a ser sus contratistas. Un salto que, más que épica, requiere rigor y mucho, mucho trabajo real.
No te lo puedes perder.
Has de leer el artículo de Jesús Díaz en El Confidencial para entender las dimensiones de lo que se está gestando y admirar la capacidad de imaginación-creación de este nuevo Julio Verne del SXXI.
Tomás Cascante
