Del caballo a la inteligencia artificial
Durante muchos miles de años, la civilización se movió al ritmo del caballo. El caballo era transporte, fuerza, velocidad y trabajo. Para ir de Barcelona a París había que hacerlo a caballo, en carreta o en carroza; para arrastrar un peso, llevar mercancías, mover cañones, transportar correo, tirar del arado o sacar madera del monte, también.
El caballo era el límite de la velocidad, la medida del trabajo y el horizonte de lo posible
Antes de la máquina de vapor, por muchas civilizaciones, imperios, barcos, relojes, imprentas o catedrales que hubiéramos levantado, el mundo se movía con una energía limitada: la del cuerpo humano, la del animal, la del agua, la del viento y la del fuego. Era un mundo admirable, incluso sofisticado, pero lento. La velocidad de fondo de la historia era la del caballo.
El gran salto llegó cuando el ser humano dejó de limitarse a domesticar animales y fuerzas naturales y consiguió algo mucho más ambicioso: domesticar la energía. La agricultura había fijado a los nómadas a la tierra. La domesticación de animales había puesto músculos ajenos a nuestro servicio. Los molinos de agua y de viento fueron un anticipo formidable: por primera vez, la naturaleza trabajaba mecánicamente para nosotros de manera continua. Pero aún dependíamos del río, del viento, del lugar, del clima. Eran máquinas, sí, pero muy lejos aún de una emancipación plena.
Después de miles de años avanzando al ritmo del caballo, hace apenas 260 años la máquina de vapor trazó una frontera que el mundo no ha vuelto a cruzar hacia atrás. No fue solo un invento industrial. Fue la inauguración de algo radicalmente nuevo: la posibilidad de producir fuerza y trabajo donde se quisiera, cuando se quisiera y en la cantidad que se quisiera. Y con ello cambió la fábrica, el transporte, la ciudad, el comercio, la guerra y hasta la imaginación. El caballo no desapareció. Simplemente dejó de marcar el ritmo.
Desde los tiempos de César hasta los de Napoleón —que nació el mismo año en que Watt patentó la máquina de vapor— ir de Barcelona a París significaba siempre lo mismo: sentarse encima de un animal.
Desde entonces vivimos en la edad de la máquina. Primero fue el vapor. Después la electricidad. Luego el motor de combustión. Más tarde la electrónica, el transistor, el ordenador, internet. Cada salto siguió la misma lógica: externalizar una capacidad humana que hasta entonces no tenía sustituto. Primero externalizamos la fuerza física. Luego la velocidad. Después la memoria. Más tarde el cálculo. Y ahora empezamos a externalizar algo todavía más delicado: funciones del pensamiento.
Ahí está la magnitud del momento. La inteligencia artificial no es solo una herramienta que redacta, resume, dibuja, traduce, programa, diagnostica, analiza… Es un nuevo escalón en esa larga marcha que empezó cuando dejamos de vagar para sembrar la tierra, siguió cuando uncimos un animal a nuestro destino y dio un vuelco decisivo cuando encendimos una caldera capaz de producir trabajo sin descanso.
La máquina de vapor alivió parte del esfuerzo muscular. La inteligencia artificial aspira a aliviar parte del esfuerzo mental. Y eso cambia no solo lo que hacemos, sino también lo que creíamos que nos hacía especiales.
Porque si la máquina de vapor nos bajó del caballo, la inteligencia artificial puede bajarnos de algo incomparablemente más serio: la autonomía de juicio. La capacidad de razonar por cuenta propia. Y el día que renunciemos a eso, lo que llamamos progreso dejará de ser una conquista para convertirse en una claudicación.
Tomás Cascante
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