Mi querido amigo Xavier Marcet, de quien vengo aprendiendo desde hace más de 25 años, siempre consigue sorprenderme. Primero, porque por suerte no he perdido la capacidad de asombro ante lo auténtico, lo bueno, lo nuevo… y después, porque Xavier es un sabio -un tranquilo y sereno sabio- que sabe analizar la realidad con esa sutileza que lo caracteriza y que le permite dar siempre «en el clavo», pero con el martillo quirúrgico de la precisión.
En su artículo de ayer en La Vanguardia, Marcet plantea un desafío apasionante: un triángulo de gestión compuesto por competitividad, bondad y belleza. Frente a la tentación de usar la Inteligencia Artificial para empequeñecer el papel de las personas, su tesis es clara: la verdadera ventaja competitiva ha de ser humana. No se trata de «buenismo», sino de entender que, aunque una empresa sin resultados no sobrevive, una empresa sin decencia difícilmente perdura.
Por mucha IA y capacidad de cálculo que tengamos ahora, el éxito sigue dependiendo de nuestra parte más humana. La tecnología debe entenderse como un apoyo para crecer, no como una excusa para recortar nuestra esencia. El verdadero liderazgo actual es el de aquel que se atreve a competir con ética, trabajando con honestidad en el día a día y eligiendo la armonía y el propósito frente a la solución fácil y mediocre.
Este equilibrio entre competitividad, bondad y belleza no es una utopía; es la hoja de ruta para quienes buscan mejorar su entorno sin perder de vista la cuenta de resultados. Se trata de competir con rigor, siendo gente decente que prefiere dejar «semillas que duren, en lugar de solo beneficios que pasen». Es ahí donde realmente late el management humanista.