IA, el mayor motor de obsolescencia de la historia

Leo textual en La Vanguardia la afirmación de Lluis Quetglas: «la inteligencia artificial va a ser el mayor motor de obsolescencia de habilidades de la historia», «…pero también puede potenciarlas».

Ahí está, concentrada en dos frases, una de las grandes tensiones de nuestro tiempo.

Destrucción y amplificación, a la vez.

Porque no estamos ante una tecnología más. No ante una herramienta que simplemente sustituye un proceso por otro más eficiente. Estamos ante algo más profundo: una transferencia progresiva de capacidades humanas hacia sistemas que no se cansan, no dudan y no olvidan.

La cuestión no es si la inteligencia artificial hará cosas mejor que nosotros. Eso ya lo hace. La cuestión es qué dejaremos de saber hacer nosotros en el proceso.

Cada vez que delegamos una tarea —escribir, calcular, buscar, decidir— ganamos velocidad, sí, pero perdemos fricción. Y en esa fricción estaba, precisamente, el aprendizaje. La inteligencia no se construye solo con resultados, sino con el esfuerzo de llegar a ellos. Si eliminamos el camino, ¿qué queda del conocimiento?

Aquí aparece la paradoja que apunta Quetglas: la misma tecnología que puede amplificar nuestras capacidades puede, al mismo tiempo, atrofiarlas. No es una contradicción. Es una elección.

Podemos usar la IA como una extensión —una prótesis cognitiva que nos eleva— o como una sustitución —un atajo que nos debilita—. Y la diferencia entre una cosa y otra no está en el algoritmo. Está en nosotros.

Porque la inteligencia artificial no decide qué delegamos. Lo decidimos nosotros cada vez que aceptamos una respuesta sin cuestionarla, cada vez que dejamos de pensar porque alguien —o algo— ya lo ha hecho por nosotros.

La inteligencia no se construye solo con resultados, sino con el esfuerzo de llegar a ellos

La historia está llena de tecnologías que nos hicieron más capaces. Pero también de otras que, silenciosamente, nos hicieron más dependientes. La calculadora debilitó el cálculo mental. El GPS erosionó nuestra orientación natural. El buscador sustituyó parte de la memoria por el reflejo de consultar.

La IA puede hacernos ambas cosas a la vez.

Y además, no lo hará igual en todas las edades. El riesgo es, en buena medida, inversamente proporcional a la edad. Quien ya ha aprendido a escribir, calcular, orientarse, resumir o decidir sin ayuda digital lleva esas capacidades incorporadas. Puede apoyarse en la inteligencia artificial, pero no dependerá de ella. Tiene músculo previo.

En cambio, cuanto más temprana es la edad, mayor es la vulnerabilidad. Si alguien se acostumbra desde el principio a delegar, quizá nunca llegue a desarrollar del todo aquello que después necesitaría dominar. Porque lo que no se ejercita a tiempo, difícilmente se consolida después.

A más edad, más resistencia. A menos edad, más exposición.

Por eso, el verdadero riesgo no es que la inteligencia artificial nos quite el trabajo. Ni siquiera que lo transforme. El verdadero riesgo es más sutil: que, poco a poco, reduzca nuestra disposición a pensar, a recordar, a resolver y a decidir por nosotros mismos.

Entonces sí, el problema no será lo que la máquina haga por nosotros.

Sino lo que nosotros dejemos de construir dentro de nosotros.

Tomás Cascante
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