La IA amenaza nuestros hábitos mentales

Acabo de leer un libro de Antoni Garrell con un título tan ambicioso como pertinente: La segona revolució digital: una nova era per a la humanitat. Como casi todo lo que escribe Garrell, el libro se hace querer: es interesante y toca —o advierte— sobre puntos sensibles de nuestra condición humana. Lo que más me ha atraído no está tanto en su diagnóstico tecnológico como en el desplazamiento del foco que propone: la cuestión ya no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué estamos dejando de hacer nosotros por su culpa, gracias a ella. Lo preocupante es la facilidad con que le estamos cediendo funciones que hasta hace nada considerábamos inseparables del ejercicio normal de la inteligencia humana.

Porque el verdadero cambio que estamos viviendo no está en la máquina, sino en que el ser humano se está acostumbrando a delegar cada vez más tareas mentales en una herramienta externa. Y ese es el problema: el riesgo de que esta revolución digital no esté produciendo solo máquinas más capaces, sino también personas menos exigentes consigo mismas, menos habituadas a leer despacio, a pensar con rigor, a recordar, a escribir con esfuerzo y a construir criterio propio.

La cuestión ya no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué estamos dejando de hacer nosotros por su culpa

Garrell subraya en su ensayo una idea realmente valiosa: la inteligencia artificial ya supera a las personas en muchas tareas, pero no aporta por sí sola empatía, intuición ni capacidad ética. La observación parece simple, pero tiene una enorme profundidad, porque describe con precisión la peligrosa civilización que estamos construyendo: una sociedad cada vez más apoyada en una inteligencia potentísima para calcular, clasificar, resumir y ejecutar, pero profundamente limitada en aquello que más valor tiene cuando hay que convivir, decidir o gobernar. La máquina puede resolver, pero no puede comprender en sentido humano ni, desde luego, hacerse responsable de las consecuencias de aquello que resuelve.

Y, sin embargo, empezamos a comportarnos como si esa diferencia no importara demasiado. Ahí está la trampa: no solo en lo que la IA hace, sino en la naturalidad con la que nosotros aceptamos que lo haga por nosotros. Porque delegar resulta comodísimo. Pensar cuesta. Contrastar cuesta. Redactar desde cero cuesta. Estudiar cuesta. Recordar cuesta. Tener paciencia cuesta. Y la inteligencia artificial ha llegado justamente al lugar donde más nos duele esforzarnos: el del trabajo mental. Por eso esta revolución no es solo tecnológica; es, sobre todo, antropológica. Nos está rehaciendo por dentro y nos empuja hacia una relación con el mundo en la que saber menos ya no parece grave, porque siempre habrá una máquina que responda; entender menos ya no parece preocupante, porque siempre habrá una IA que resuma; y escribir peor ya no parece un problema, porque siempre habrá un sistema que redacte mejor y nos saque del apuro.

No se trata de frenar la innovación ni de demonizar la inteligencia artificial. Se trata de algo mucho más serio: impedir que la comodidad tecnológica nos robe, poco a poco, la musculatura mental interior

Porque una sociedad que externaliza en exceso su memoria, su atención, su juicio y su esfuerzo puede volverse más cómoda y más eficiente, sí, pero también más dócil. Y una sociedad más dócil es siempre una sociedad más fácil de conducir. La segunda revolución digital no decidirá solo qué máquinas tendremos, sino qué clase de personas seguiremos siendo. Porque al final no nos salvará la máquina que más haga por nosotros, sino la lucidez que seamos capaces de conservar dentro de nosotros mismos.

Reseña del libro.

Tomás Cascante

 

 

 

Tomás Cascante
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