La mentira de la IA igualadora: Por qué el sénior es hoy más valioso que nunca

Leo hoy en El País un artículo que le da la vuelta a una de las promesas más repetidas sobre la inteligencia artificial: que iba a igualarnos.

En 2023 cuando la inteligencia artificial generativa hizo su triunfal aparición en escena fue presentada como la gran igualadora. El júnior podría producir como un sénior. La tecnología democratizaba el talento. Por fin, una herramienta prometía que iba a reducir la brecha entre experiencia y capacidad.

Sí, es cierto, la primera generación de IA generativa ayudaba a redactar, resumir o traducir. Era un apoyo operativo. En ese contexto, la diferencia entre un profesional con veinte años de experiencia y otro que acababa de empezar podía reducirse en determinadas tareas.

Pero hoy, en 2026, la realidad está girando en sentido contrario.

La IA actual, en cambio, ya no solo asiste: ejecuta. Toma decisiones encadenadas, propone soluciones complejas, genera código que interactúa con sistemas reales. Y aquí aparece el punto decisivo, el gran cambio: cuanto más potente es la herramienta, más criterio, más experiencia, más conocimiento exige para ser utilizada correctamente.

Un sistema que puede equivocarse de forma sofisticada requiere supervisión sofisticada. Requiere saber detectar errores plausibles. Requiere entender el contexto, las implicaciones, los matices técnicos. En otras palabras: requiere experiencia.

El resultado es paradójico. Lejos de igualar, la IA tiende a ampliar la brecha entre sénior y júnior. El profesional con conocimiento profundo la utiliza como amplificador: produce más, mejor y con mayor alcance. El júnior, en cambio, corre un riesgo doble: delegar sin tener aún el criterio necesario para evaluar lo que recibe y, al hacerlo, retrasar la construcción del propio criterio que necesitaría para no depender de ella. En lugar de enfrentarse al problema, lo externaliza a la máquina. Y así, paradójicamente, la herramienta que podría acelerar su aprendizaje acaba frenándolo.

Así, la IA no sustituye ni nivela la experiencia: la hace más valiosa. No porque la tecnología sea excluyente, sino porque exige una base sólida para desplegar todo su potencial. Sin conocimiento previo, la herramienta puede producir resultados aparentes; con conocimiento, produce ventajas competitivas reales.

La promesa inicial hablaba de democratización. La práctica empieza a mostrar otra cosa: una aceleración diferencial. La inteligencia artificial no sustituye el conocimiento. Lo exige. Y en esa exigencia, hoy por hoy, favorece a quienes ya lo poseen.

¡Pero cuidado!
La IA agéntica no favorece al sénior por el mero hecho de serlo. Lo favorece si la entiende y la integra. Veinte años de experiencia no blindan a nadie. Si esa experiencia se convierte en resistencia —por comodidad, escepticismo o simple soberbia— deja de ser una ventaja y se convierte en lastre.
Hoy, un júnior ágil, curioso y bien armado con IA puede superar en productividad a un sénior que sigue trabajando como en 2015.
La experiencia sin adaptación se devalúa.

La ventaja no es automática. Es condicional. Y la condición tiene un nombre muy sencillo: adaptarse.

Y este es el artículo de El País que te recomiendo leer para ver por qué la IA no está igualando el talento, sino exigiéndolo.

Tomás Cascante

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