Como siempre he mantenido —aunque esto es solo mi opinión—, la superación de las capacidades humanas superiores por parte de la tecnología es, en esencia, una cuestión de tiempo. Mientras que a nuestra especie le han tomado millones de años de proceso evolutivo alcanzar los atributos superiores de conciencia, consciencia, creatividad, intencionalidad, intuición, moral o empatía, la inteligencia artificial apenas suma cinco o seis décadas habitando nuestro planeta. Sin embargo, en ese suspiro temporal, ya ha comenzado a derribar muros que creíamos inexpugnables, como el de la creatividad.
Según publica La Razón, un estudio de la Universidad de Montreal lo deja claro: la creatividad ya no es solo cosa nuestra. Han comparado a modelos como GPT-4 o Gemini con cien mil personas y el resultado pone de manifiesto que esa supearción ya está comenzando a suceder: las máquinas ya ganan al humano medio en imaginar cosas originales y romper moldes.
No obstante, a la IA aún le queda un camino por recorrer. Según ese mismo estudio, el 10% más brillante de nuestra población mantiene un rendimiento superior a cualquier máquina, marcando una frontera que la tecnología, por ahora, no ha logrado cruzar.
Habrá quien se refugie en ese 10% de superdotados que todavía rinden más que cualquier algoritmo para seguir afirmando quela IA nunca superará nuestras capacidades superiores, pero seamos realistas: la IA nos está empezando a superar y nos va a seguir superando en casi todo. Pero por favor, que nadie se rasgue las vestiduras, al fin y al cabo, la tecnología hace décadas que ha superado casi todas nuestras habilidades y capacidades: nuestra velocidad de desplazamiento, memoria, capacidad de cálculo, visión a distancia, fuerza y precisión industrial, comunicación global instantánea… Y, a mals, siempre nos quedará elrecurso de desenchufarla aunque me temso que no, que una vez estemso bajso su control la desconexión ya no será posible.
Lo que verdaderamente debe ocuparnos no es si la IA terminará por ser más consciente o creativa que nosotros, sino nuestra capacidad para gobernar ese potencial y garantizar su propósito. La amenaza real no reside en la potencia del algoritmo, sino en el uso arbitrario que gobiernos, corporaciones y entidades puedan darle; por eso, lo que hoy resulta inaplazable no es frenar el progreso, sino imponer una regulación férrea y un control ético que nos proteja a todos.
La salvació está claramente expresaba en una máxima tan antigua como la propia estrategia: si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él. El peligro real no es la inteligencia artificial en sí, sino quedar fuera de juego por negarse a adoptarla.
Te recomiendo que leas el artículo original en La Razón.
Tomás Cascante