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"titular": "La inteligencia artificial informa, pero no forma",
"cuerpo": "
No son pocos los errores que se vienen cometiendo en múltiples actividades, por el uso de la información frecuentemente errática consignada en el depósito de datos articulado por imperfectos algoritmos que algunos llaman inteligencia artificial.
Tampoco son pocos los yerros que se cometen en cálculos, definiciones semánticas y en la interpretación de normas legales, doctrinas, decisiones judiciales y hasta en la aplicación de la jurisprudencia, por la utilización de textos tomados de la denominada IA. Pero peor aún resulta cuando el uso de esos textos sustenta equivocadas decisiones u origina sanciones y hasta expulsiones de estudiantes universitarios por incurrir en el arriesgado facilismo de elaborar trabajos, ensayos y hasta tesis de grado valiéndose del plagio, el que de suyo se consuma, cuando se copian enrevesados textos tomados de la mencionada IA y con ello, se intenta suplantar la estructuración y elaboración de ellos. No en vano, y mucho antes de que el llamado “padre de la inteligencia artificial”, Alan Turing, esbozara los cimientos de ella, algunos visionarios adelantados ya manifestaban sus reservas. Es así como Isaac Asimov, en la década de los cincuenta, afirmó que la información robótica sería una peligrosa arma de doble filo, por informar con amplio margen de error y no contribuir a la formación de quienes la consultaran.
A su vez el propio Elon Musk propaló severas críticas sobre la IA al decir: “Con la inteligencia artificial estamos convocando al demonio, y puede ser más peligrosa que las armas nucleares por aniquilar la capacidad de análisis de la especie humana”. Empero su ácida prédica, Musk creó OpenAI para desarrollar lo que llamó “inteligencia artificial amigable”. Por su parte, el encumbrado científico Stephen Hawking no perdió oportunidad para fustigar la IA y sobre su advenimiento dijo que podría constituir el principio del fin de la creatividad y la inventiva de la raza humana. Tampoco Bill Gates ha sido indulgente frente a los riesgos que plantea la IA, y si bien ha ponderado la masificación de la IA, ha declarado: “Al principio las máquinas serán capaces de hacer un montón de trabajos para nosotros sin ser muy inteligentes, eso puede ser positivo si conseguimos gestionarlo bien, pero décadas después, la IA será tan fuerte que supondrá una amenaza”.
Federico de Amberes fue más allá y concluyó: “La llamada inteligencia artificial -que no es inteligencia como tampoco artificial- terminará fracturando la sociedad en dos grupos: los informados de manera superficial y fugaz por ella, y los formados por el desarrollo ilimitado de la inteligencia humana, en realidad, la única inteligencia existente, que fue la misma que creó la imperfecta y mentada inteligencia artificial”. Lo que preocupa a la comunidad académica y científica, es que la llamada IA, termine cercenado el desarrollo de la mente humana y atrofiándola, pudiendo causar la pérdida de su capacidad creadora por reducirla a una simple receptora y propagadora de información ajena y, además, con frecuencia inexacta.
Si bien es evidente que el uso de la IA reduce tiempos y movimientos, y abarata costos y gastos en cualquier gestión, su uso no logra suplantar el estudio del origen y la razón de los hechos que percibimos, como tampoco, sustituye la reflexión y el raciocinio sobre ellos, siendo evidente que la IA informa pero no forja ni estructura la capacidad del análisis, y que antes que promover el desarrollo de la inteligencia, la aniquila, en razón a que para su acceso, tan solo se requiere un aparato que la provea, el que, con frecuencia, es portador de informaciones inexactas, vagas o erráticas.
La IA, antes que ser un aliado de la educación fundamental integral, se ha venido convirtiendo en un factor que la limita y desestima. Con el empleo de la IA o sin él, resulta necesario para entender el presente y prospectar el futuro, estudiar y entender el pasado; de no hacerse, seremos despistados lugareños o dóciles forasteros condenados a creer en lo que desconocemos y a repetir lo que un algoritmo inexacto dice, y, en consecuencia, nuestra opinión será la de él, es decir, no tendremos opinión.
Ahora, Dios ya no hace tantos milagros, ahora nos corresponde hacerlos a nosotros y el mayor milagro de nuestros días es la educación analítica, formativa y aplicable, única capaz de causar el ascenso del intelecto y promover el desarrollo económico y social, y no, la educación informativa, la que, por ser robótica, es incapaz de analizar problemas y tomar adecuadas decisiones, y en consecuencia, entender la realidad para mejorarla. La IA antes que promover y estimular la investigación, aviva el facilismo, la resignación y el conformismo.
Para modificar el presente y prospectar el futuro, es necesario estudiar, estudiar, y volver a estudiar el pasado; pero más que eso, es necesario entender e interiorizar lo estudiado. No basta obtener y manosear información mediante el uso de la IA; debemos hundirnos en ella para escrutar su veracidad, y de ser cierta, analizarla y asimilarla, de manera que sea permanente, útil y práctica, pues de lo contrario, resultará inocua u ociosa, y correremos el riesgo de volver a incurrir
https://www.elnacional.com/2026/04/la-inteligencia-artificial-informa-pero-no-forma/