Hace apenas un par de días anuncié que iba a descansar hasta el próximo lunes de Pascua, pero hoy, leyendo La Vanguardia, no he podido resistir la tentación y me he liado con este comentario.
Como decía, he leído con mucho interés el artículo de Ramon López de Mántaras en La Vanguardia sobre la materialidad de la inteligencia artificial. Magnífico. Documentado, riguroso, necesario. De esos textos que conviene leer despacio y guardar.
Me permito, sin embargo, añadir aquí mi propia reflexión. No para corregir nada, sino porque hay un hilo en ese artículo que a mí me lleva a un lugar diferente.
López de Mántaras escribe, con toda la razón del mundo, que «la IA no es una excepción en la historia del desarrollo tecnológico; es una nueva fase de un mismo patrón: la transformación de recursos naturales en capacidad técnica.»
Exacto!. Y es precisamente ahí donde yo me detengo.
Porque si la IA es una fase más del mismo patrón histórico, entonces lo que estamos describiendo no es una anomalía moral. Es algo mucho más viejo y mucho más conocido: el precio del progreso. Y ese precio, desde que el ser humano encendió la primera caldera de vapor, siempre lo ha pagado alguien.
La máquina de vapor consumía carbón en cantidades brutales y llenó de hollín los pulmones de media Inglaterra. El ferrocarril atravesó ecosistemas, desplazó comunidades y arruinó territorios enteros en nombre de la conectividad (indios americanos incluidos). Las presas hidroeléctricas anegaron valles, destruyeron agriculturas milenarias y reordenaron geografías sin pedir permiso. El automóvil rehízo las ciudades a su imagen, envenenó el aire de generaciones y creó una dependencia del petróleo que aún pagamos ( y hoy, más gracias al MAGA). Internet requirió miles de kilómetros de cable submarino, montañas de plástico y una infraestructura física de escala planetaria que nadie llama «material» porque ya no la vemos.
Nadie dijo entonces que el progreso fuera gratis.
O más exactamente: algunos lo dijeron, y la historia les dio la razón en los costes, pero no en la conclusión. Porque el coste no anuló el beneficio. Lo condicionó, lo complicó, lo ennegreció en muchos casos. Pero no lo anuló.
Lo verdaderamente nuevo de la IA no es que consuma recursos. Es la velocidad a la que escala ese consumo y la invisibilidad con que lo hace. Ahí sí hay una diferencia que merece toda la atención que López de Mántaras le dedica. No en la existencia del coste, sino en su opacidad y en su ritmo.
La nube pesa. Siempre ha pesado. La diferencia es que antes veíamos las chimeneas.
Y quizás el problema no es que la IA consuma demasiado. El problema es que hemos perdido la costumbre de mirar el humo.
Artículo de referencia: Ramon López de Mántaras, «La materialidad de la IA: lo que la nube oculta», La Vanguardia, 1 de abril de 2026.
La materialidad de la IA: lo que la nube oculta
Tomás Cascante
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