IA: Regular está bien. Educar es imprescindible.
Desde Nueva Delhi, en el marco de la AI Impact Summit, Pedro Sánchez ha elevado la Inteligencia Artificial a categoría de asunto global. Ha pedido una gobernanza bajo el paraguas de la ONU, ha alertado del poder concentrado en manos de unos pocos milmillonarios y ha hablado, incluso, de proteger a los menores del “salvaje oeste digital”, planteando restricciones al acceso a redes sociales.
No está solo en esa advertencia. Geoffrey Hinton —uno de los llamados padrinos de la IA— lleva tiempo alertando de que la criatura puede escapar al control del creador. La preocupación no es nueva. Lo nuevo es que los líderes políticos empiezan a asumirla públicamente.
Regular, por tanto, es necesario. Investigar, también. Invertir, por supuesto. España presume —y con razón— de situarse en posiciones avanzadas en el desarrollo del sector. Pero junto al entusiasmo tecnológico aparece la sombra inevitable: el empleo, la concentración de poder, la manipulación, la adicción.
Todo eso está bien señalado.
Pero hay algo que echo en falta cuando escucho estos discursos grandilocuentes sobre gobernanza global: la palabra educación.
Estamos viviendo en un mundo para el que no hemos sido diseñados. Nuestro cerebro no evolucionó (hasta hoy) para gestionar la sobreabundancia informativa, la dopamina instantánea, la hiperconectividad permanente ni la manipulación algorítmica. Seguimos siendo biológicamente analógicos en un entorno digital acelerado.
Podemos regular plataformas. Podemos aprobar tratados internacionales. Podemos incluso prohibir redes sociales a menores. Pero el progreso —con o sin comillas— seguirá avanzando. Los modelos serán cada vez más potentes, más personalizados, más persuasivos. El avance de la tecnología no va a frenar porque lo diga un boletín oficial.
Porque la batalla no está solo en la ONU ni en los parlamentos. Está en las aulas. En las casas. En la formación continua de adultos que creen que “ya saben usar internet”.
No hablo de educar para crear IA —eso es para especialistas—. Hablo de educar para consumirla, interpretarla, resistirla cuando sea necesario. Educar en criterio. En límites. En conciencia de uso.
Siempre pongo un ejemplo muy simple: el cuchillo de cocina. Es una herramienta imprescindible. Puede cortar pan o puede hacer daño. Nadie necesita un tratado internacional para saber que no se juega con un cuchillo. Lo sabemos porque hemos sido educados en su uso.
Con la tecnología ocurre lo mismo.
Las gafas inteligentes de Meta, los asistentes conversacionales, los algoritmos que deciden qué vemos y qué no vemos… Todo eso puede regularse. Pero lo decisivo no es solo la norma; es la conciencia del que lo utiliza.
Si no educamos a una generación en la ética del uso digital, cualquier regulación será un dique débil frente a una marea creciente.
Queremos —como dice el propio Sánchez— una IA para el bien y no para el mal. Pero el primer cortafuegos no es un tratado internacional. Es un ciudadano formado.
Regular es necesario.
Invertir es estratégico.
Investigar es inevitable.
Pero educar es urgente.
Tomás Cascante
Medios que publican sobre las manifestaciones de Pedro Sánchez
https://www.elmundo.es/espana/2026/02/19/6996ce73fdddffe0398b45b5.html
