Confieso que me apasiona la tecnología por eso la divulgo cada día, pero me niego a comprar su espejismo más brillante: yo nunca tendré un bitcoin
Y no lo digo con superioridad moral ni con desprecio hacia quien los compra. Lo digo porque, sencillamente, no creo en su naturaleza. No me tranquiliza. No me sostiene. No me parece un lugar donde depositar ni mi dinero ni mi confianza
Se me dirá que el dinero en general es una ficción. Y es verdad. Un billete no vale por el papel, una acción no vale por el papel en el que está impresa, y el euro o el dólar existen porque colectivamente decidimos darles valor. Pero hay grados de ficción. Una acción representa una empresa que produce algo, que vende, que tiene activos, empleados, clientes. Una moneda está respaldada por un Estado, por impuestos, por una economía real. Son construcciones humanas, sí, pero ancladas a estructuras que generan valor, riqueza o poder económico. Algo hay detrás de una acción o de un euro.
El bitcoin, en cambio, no representa nada más que el consenso de que vale algo. No produce bienes. No genera dividendos. No tiene un flujo de caja detrás. No es participación en nada tangible. Es solo una anotación en una red distribuida cuya única base es que otros estén dispuestos a pagar más mañana.
Algunos lo comparan con el arte. Pero incluso ahí hay una diferencia fundamental. Un cuadro, aunque su precio sea absurdo o inflado, es un objeto físico. Lo puedes colgar en la pared. Lo puedes contemplar. Lo puedes regalar. Incluso, si tuvieras frío y ninguna alternativa —cosa que sería un sacrilegio, pero el ejemplo vale— lo podrías quemar y te daría calor. Tiene una materialidad. Tiene una presencia. Es cultura, es historia, es materia.
El bitcoin no es nada de eso. No es tangible. No lo puedes tocar. No lo puedes usar como objeto. No existe fuera del sistema informático que lo soporta. Si mañana ese sistema colapsara por una gran crisis tecnológica, por un fallo masivo de infraestructuras digitales o por cualquier otra razón —un ciberataque, un sabotaje, un apagón global— el bitcoin no se devaluaría: simplemente desaparecería. No quedaría ni el lienzo.
Y luego está la volatilidad. Un activo que puede subir o bajar dos dígitos en cuestión de días no es una moneda: es una montaña rusa. Nadie fija precios de alquiler, salarios o contratos a largo plazo en algo que puede desplomarse o sufrir un cambio de valor astronómico de un día para otro. Esta inestabilidad permanente lo convierte casi exclusivamente en un instrumento especulativo, más que en un medio de intercambio serio.
Y hay otro factor de inestabilidad: la computación cuántica. Llegará antes o después el día en que alguien rompa los sistemas criptográficos actuales. Pero incluso sin ese escenario extremo, el bitcoin depende por completo de la continuidad de un ecosistema digital global, eléctrico y computacional. Sin red, sin servidores, sin electricidad, no hay bitcoin. Cero. No es que valga menos: es que deja de existir.
El oro, por ejemplo, también vale por consenso, pero no solo por eso. Es escaso, es químicamente estable, es útil en electrónica, en medicina, en industria. Tiene propiedades físicas que lo sostienen más allá de la fe colectiva. El bitcoin solo tiene fe. Y la fe es poderosa, sí. Además de mover montañas, puede mover mercados durante años. Pero cuando la fe se rompe, lo que no tiene sustancia no se sostiene: cae más rápido que lo que la tiene.
Por eso yo nunca tendré un bitcoin. No porque no entienda la tecnología. No porque no admire la ingeniería detrás de la cadena de bloques. Sino porque, al final, necesito que lo que poseo tenga algún anclaje con el mundo real. Algo que exista incluso si mañana se apagan las pantallas.
Tomás Cascante
