Periodismo, veteranía e Inteligencia Artificial: La última frontera

Tengo 77 años. He escrito guiones, redactado diálogos y tecleado crónicas bajo el humo de redacciones que olían a tinta y plomo. He vivido la transición del papel al bit, y he visto cómo la llegada del ordenador personal y de Internet despertaba los mismos augurios apocalípticos que hoy rodean a la Inteligencia Artificial. Durante décadas, mi oficio ha sido el de periodista, guionista y comunicador; y hoy, con el bagaje que solo dan los años, me planto ante este nuevo cambio de paradigma para defender la IA a ultranza. No la entiendo -ni muchísimo menos- como un sustituto del pensamiento, .sino como la herramienta más potente que ha caído en mis manos para potenciar la creatividad y multiplicar mis capacidades.

Muchos especialistas advierten que delegar la escritura en algoritmos destruye nuestras capacidades cognitivas y nuestra capacidad de improvisación. LLegan a decir que vacía el cerebro… Mi experiencia me dicta lo contrario: la IA es un espejo que solo devuelve luz si quien está delante tiene algo que proyectar. Si un joven de 14 años la utiliza para evitar el esfuerzo de pensar, de analizar, de crear, tal vez sí corre el riesgo de la atrofia. Pero cuando un veterano, alguien con el “músculo” de la escritura ya formado, se sienta frente a la IA, lo que ocurre no es una sustitución, es una expansión impulsada por un espíritu analítico sóludamente formado en muchas guerras y batallas.

La IA es un espejo que solo devuelve luz si quien está delante tiene algo que proyectar.

En mi caso, ese espíritu nace de mi propio ADN y sin duda de mi formación como ingeniero. Aquel periodo formativo esculpió en mí un pensamiento crítico y una arquitectura mental que hoy me impiden ser un usuario pasivo. Es ese ADN de ingeniería el que me obliga a diseccionar cada respuesta de la máquina, buscando el fallo en el engranaje con la misma precisión que lo haría ante un plano o una ecuación.

En mi caso, el proceso es riguroso. No le pido a la IA que “escriba por mí”. Le entrego un briefing detallado, un esqueleto bien armado, nacido de mi propia cosecha, y a partir de ahí establecemos un diálogo de ida y vuelta. El primer borrador es solo eso: arcilla fresca. Luego vienen las pasadas. Una, dos, tres… hasta las que haga falta… corrijo, pulo, cambio el ritmo y verifico los datos hasta que el texto tiene el peso y la verdad que busco. En ese ejercicio de supervisión constante, mi mente no descansa; al contrario, se ve obligada a ejercer el juicio crítico con más agudeza que nunca. La IA me libera de la carga pesada de la mecanografía o la búsqueda primaria para permitirme concentrarme en lo que realmente define al periodismo: el estilo, el matiz y la verdad.

La veteranía nos da el criterio, y la IA nos da la velocidad

Existe la creencia popular de que los “seniors”, los veteranos, somos alérgicos a la innovación o que nuestras capacidades tienen fecha de caducidad. Es un prejuicio vacío. La veteranía es, precisamente, el mejor escudo contra los peligros de la IA. Solo quien ha visto mil historias sabe cuándo un texto es mediocre, cuándo un dato es falso o cuándo una frase carece de alma. La veteranía nos da el criterio, y la IA nos da la velocidad. Es un exoesqueleto cognitivo que nos permite seguir en la brecha con la misma agilidad que los recién llegados, pero con una profundidad que ellos (bueno, la mayoría de ellos) aún no pueden alcanzar.

Defender la IA desde mis 77 años es defender la evolución constante. No me hace menos periodista dejar que un algoritmo me ayude a estructurar una idea, del mismo modo que no me hizo menos guionista dejar la máquina de escribir por el procesador de textos. Lo que destruye las capacidades no es la tecnología, sino la pereza. Si se tiene el bagaje, si se conoce la materia y si se mantiene el timón de la creatividad, la Inteligencia Artificial no es el fin del periodismo, sino su renacimiento. Es la herramienta que nos permite, a los que ya lo hemos visto todo (casi todo), seguir contando el mundo con una voz clara, joven y, sobre todo, experimentada.

Tomás Cascante

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