
El artículo sostiene que parte del progresismo ha pasado de construir prosperidad a gestionar escasez. Inspirado en el libro Abundance, plantea que demasiadas regulaciones y procesos de bloqueo dificultan crear vivienda, energía o infraestructuras. La solución propuesta es una “agenda de abundancia”: producir más para mejorar bienestar y evitar el auge del populismo.
El economista y profesor Esteve Almirall reflexiona sobre una idea que gana peso en el debate económico y político contemporáneo: la crítica a lo que algunos analistas llaman la “política de la escasez”. Inspirándose en el libro Abundance, de los periodistas Ezra Klein y Derek Thompson, el autor plantea que el progresismo moderno ha pasado de ser una fuerza constructora de bienestar a convertirse en un gestor cauteloso de lo existente.
La tesis central es que muchos gobiernos progresistas han priorizado repartir recursos limitados, regular mercados y minimizar riesgos, en lugar de aumentar la capacidad productiva de la economía. Este cambio habría generado lo que Klein y Thompson denominan “escaseces elegidas”: situaciones donde el problema no es la falta de tecnología o conocimiento, sino la acumulación de normativas, procesos administrativos y mecanismos de veto que dificultan construir nuevas soluciones.
El caso de la vivienda ilustra bien esta dinámica. En Europa, los precios han subido más de un 55% desde 2010 mientras los salarios han crecido mucho menos. Frente a este problema, la respuesta política predominante ha sido regular alquileres, limitar los pisos turísticos o controlar la especulación. Aunque estas medidas pueden ser necesarias, el artículo plantea una pregunta incómoda: ¿por qué se habla tan poco de incentivar la construcción masiva de vivienda nueva?
Ciudades como Barcelona reflejan esa paradoja. A pesar de medidas regulatorias para contener el mercado inmobiliario, la oferta de vivienda —tanto pública como privada— sigue siendo insuficiente. Según esta perspectiva, el problema no es solo de mercado, sino también de un marco institucional que hace extremadamente complejo desarrollar nuevos proyectos.
La misma lógica aparece en otros ámbitos. La transición energética puede retrasarse años por procesos de aprobación largos, mientras que grandes infraestructuras multiplican costes y plazos. Incluso los mecanismos de participación ciudadana, diseñados para democratizar decisiones, pueden convertirse en herramientas de bloqueo si permiten que minorías paralicen proyectos de interés general.
Frente a esta situación, el concepto de “política de abundancia” propone cambiar el enfoque. No se trata de abandonar la regulación ni el papel del Estado, sino de evaluar las políticas según sus resultados. Si el objetivo es vivienda asequible, energía limpia o transporte eficiente, el criterio debería ser qué mecanismos permiten construir más y más rápido.
El riesgo de mantener una política centrada en la escasez es también político. Cuando los recursos parecen insuficientes, el debate público se transforma en una lucha por repartirlos, un contexto donde los discursos populistas encuentran terreno fértil señalando culpables y prometiendo soluciones simples.
Para Esteve Almirall, la autocrítica no implica adoptar el ideario neoliberal, sino recuperar la ambición histórica del progresismo: ser una fuerza capaz de construir infraestructuras, sistemas públicos y prosperidad material para amplias capas de la sociedad.
“¿Puede una sociedad progresar si su política se limita a repartir lo que existe en lugar de crear más riqueza, vivienda y oportunidades?”
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RESUMEN BASADO EN EL ARTÍCULO: “GESTIONAR L’ESCASSETAT EN LLOC DE CREAR ABUNDÀNCIA?” DE ESTEVE ALMIRALL, PUBLICADO EN EL NACIONAL / ON ECONOMIA EL 5 DE MARZO DE 2026.
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