La invención de la semana

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Antes de empezar quiero aclarar que el título “” La invención de la semana” no significa que hoy vaya a hablaros del invento de la semana, no. Sino de por qué, cómo y cuándo se inventó la semana como unidad de tiempo. Ah!, y también quiero dejar claro que hoy es domingo, día de descanso y por eso este artículo es dominical: tranquilo, sosegado, light, como corresponde a este día de la semana.

«El tiempo no es algo que encontramos, sino algo que inventamos«¹, escribió el historiador E.P. Thompson al estudiar cómo las sociedades construyen sus ritmos colectivos. Y tenía razón. Hay tres ciclos que organizan nuestra vida y que tienen una explicación muy clara en el cielo: el día, el mes y el año. El día nace de la rotación de la Tierra sobre sí misma. El año, de su viaje alrededor del Sol. Y el mes, del ciclo de la Luna, que tarda aproximadamente veintinueve días en completar sus fases.

Pero en medio de estos tres ciclos perfectamente astronómicos aparece uno que resulta algo extraño, por no decir antinatural: la semana. La semana no corresponde a ningún fenómeno natural. No hay ninguna rotación semanal, ninguna órbita de siete días ni ningún ciclo lunar que encaje exactamente en ese número. Y sin embargo nuestras vidas , desde hace miles de años, están organizadas en bloques de siete jornadas.

El origen de un invento útil

La explicación más antigua nos lleva a la Babilonia de hace unos cuatro mil años. Sus astrónomos distinguieron en el cielo siete astros que parecían moverse entre las estrellas: el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Aquellas «estrellas errantes» —los planetas— dieron al número siete un significado casi cósmico. Los babilonios dividieron el mes lunar en cuatro periodos de siete días y algunos de esos días tenían un carácter especial: eran jornadas en las que se evitaban decisiones importantes o se realizaban rituales. Esos dias no eran todavía un día de descanso, pero sí una pausa.

Mucho más tarde, entre los siglos VI y V a. C., el mundo hebreo transformó esa estructura en algo nuevo. En el relato bíblico de la creación —redactado o fijado en gran parte durante el exilio en Babilonia (siglo VI a. C.)— el trabajo se concentra en seis días de trabajo y el séptimo se dedicaba al descanso: el Shabat. Esa idea arraigó con fuerza en la cultura hebrea y fue transmitiéndose gradualmente al mundo mediterráneo a través de las comunidades judías de la diáspora y, más tarde, del cristianismo naciente.

El paso decisivo llegó en el año 321 d.C., cuando el emperador Constantino I oficializó la semana de siete días en todo el Imperio Romano mediante un edicto que establecía el domingo —el día del Sol, dies Solis— como día de descanso obligatorio. Con ese decreto, lo que había sido una tradición religiosa y cultural dispersa se convirtió en la estructura oficial del tiempo en Occidente. A partir de ese momento la semana dejó de ser una costumbre y pasó a ser una institución.

Pero lo verdaderamente interesante no es de dónde salió la semana de siete días. Lo interesante es por qué la humanidad necesitó inventar algo así.

El día era demasiado corto para organizar la vida colectiva. El mes y el año eran demasiado largos. Las sociedades necesitaban una unidad intermedia para coordinar el trabajo, los mercados, los rituales, la administración o el descanso. La semana fue, en realidad, una herramienta para domesticar el tiempo.

La próxima reinvención

Durante miles de años esa herramienta funcionó bastante bien. Primero con seis días de trabajo y uno de descanso. Hoy con cinco días de trabajo y dos de descanso. 

Pero ese equilibrio milenario puede estar a punto de cambiar.

Como observó John Maynard Keynes ya en 1930, «por primera vez desde su creación, el hombre se enfrentará a su verdadero problema permanente: cómo usar su libertad una vez liberado de las preocupaciones económicas urgentes, cómo ocupar el ocio que la ciencia y el interés compuesto le habrán ganado»².

La inteligencia artificial y la automatización están empezando a alterar algo que parecía inmutable: la cantidad de trabajo humano necesaria para que una sociedad funcione. 

Si una parte creciente de ese trabajo pasa a hacerlo la tecnología, es razonable pensar que también cambiará nuestra forma de organizar el tiempo.

Tal vez descubramos que la semana, igual que fue inventada hace miles de años para organizar el trabajo humano, tendrá que reinventarse para un mundo en el que ese trabajo ya no sea el centro de todo.

Quizá terminemos trabajando un día y descansando seis.

O quizá, simplemente, la semana deje de tener sentido.

Tomás Cascante

 


 

NOTAS

La palabra semana procede del latín septimāna. A su vez deriva de septem, que significa “siete”. Septimāna (dies) quería decir literalmente “serie de siete días” o “período de siete”. Con el tiempo el término quedó abreviado simplemente como septimana, que en castellano evolucionó a semana.

¹ E.P. Thompson, Time, Work-Discipline, and Industrial Capitalism, Past & Present, nº 38, diciembre 1967, pp. 56-97. https://academic.oup.com/past/article-abstract/38/1/56/1454624

² John Maynard Keynes, Economic Possibilities for our Grandchildren, 1930. Publicado en Essays in Persuasion, Macmillan, Londres, 1931. https://www.marxists.org/reference/subject/economics/keynes/1930/our-grandchildren.htm

³ Edicto de Constantino I, 7 de marzo de 321 d.C. Recogido en el Codex Justinianus, lib. 3, tít. 12, párr. 2. Referencia secundaria verificada: Wikipedia — Constantino I. https://es.wikipedia.org/wiki/Constantino_I

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