La trampa invisible de los tres ceros

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Un billón. Dos palabras. Una cifra. Y una trampa invisible de la que no es posible salir.

En Europa, un billón es un millón de millones.
En Estados Unidos y en el Reino Unido, un billion son mil millones.

La diferencia no es un matiz lingüístico. Es una diferencia de mil veces. Son nueve ceros. Son tres órdenes de magnitud. Es la distancia entre lo grande y lo inimaginable.

Hay dos tipos de lectores ante esta palabra. El que no sabe que existen dos acepciones interpretará según su cultura: si es anglosajón, leerá mil millones; si es europeo, leerá un millón de millones. Cada uno convencido de que ha entendido bien. Ambos quedan “informados”, pero con una diferencia de mil veces en la cifra que cada uno imagina.

Dos lectores convencidos de haber entendido lo mismo… ¡separados por un factor de mil.!.

El otro tipo de lector —el que sí conoce la diferencia, o sea tú— queda en la misma ignorancia. Porque el artículo rara vez aclara de qué billón está hablando. ¿Un millón de millones o mil millones? El texto no lo dice. Y así el significado de la cifra queda entregado a la libre interpretación del lector. O, en el mejor de los casos, a una aventurada deducción a partir del contexto.

En otras palabras: un pequeño gran caos.

Lo fascinante —y preocupante— es el momento histórico en que ocurre todo esto. Vivimos en la era del big data, de la inteligencia artificial, de los datos en tiempo real. Nunca habíamos tenido tantos números delante. Nunca habíamos presumido tanto de estar informados. Y seguimos tropezando con algo tan elemental como no saber qué número estamos leyendo.

Y una vez más el problema no es la imprecisa palabra. El problema es la comodidad: la comodidad del lector apresurado, ese que “lee en diagonal”, que intuye el conflicto pero ni se detiene a pensar. Es mucho más fácil seguir leyendo, asentir, compartir el titular, que pararse un segundo a pensar: espera, ¿un billón de qué sistema?

Pero los números no son decoración. Los números son la realidad. Y cuando los lees mal por un factor de mil, no estás cometiendo un error menor. Estás construyendo una imagen del mundo que no existe.

La solución parece simple. Bastaría con que la comunidad internacional acordara no usar la misma palabra para cosas mil veces distintas. Cambiar la denominación, no el número. Un acuerdo de mínimos. Pero ni el Reino Unido ni los Estados Unidos van a renunciar a su histórico billion. Ni la vieja Europa va a aceptar semejante afrenta lingüística.

Así que seguiremos conviviendo con esta ambigüedad.

Seguiremos leyendo titulares que hablan de billones sin saber exactamente qué número se esconde detrás de esa palabra.

Mientras ese acuerdo no llega, la responsabilidad de contar los ceros es tuya. Detente un segundo. Pregúntate qué cifra hay realmente detrás de ese “billón”.

Porque entre mil millones y un millón de millones no hay un matiz.

Hay un factor de mil.

Tres ceros de diferencia.

Tres ceros que cambian completamente la magnitud de lo que estás leyendo.

Tres ceros que separan la información de la confusión.

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Tomás Cascante

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