
La discusión, la bizantina y peregrina discusión, la discusión por la que algunos estarían incluso dispuestos a darse sonoras bofetadas, es si la inteligencia artificial es inteligente o no.
Unos sostienen que sí, que estamos ante una nueva forma de inteligencia. Otros aseguran que no, que todo es una sofisticada ilusión estadística: un sistema que no entiende nada y que simplemente calcula probabilidades entre palabras para producir, eso sí, resultados brillantes.
Podríamos pasarnos horas, meses y hasta años discutiendo la cuestión. Y seguramente seguiríamos exactamente en el mismo lugar: con dos bandos perfectamente definidos, atrincherados en sus posiciones y sin ninguna posibilidad real de acuerdo. Porque, como he dicho antes, la discusión es bizantina e irresoluble.
Y no es la primera vez que una discusión interminable nace de una pregunta mal planteada. Durante siglos se discutió qué fue primero, el huevo o la gallina. Los filósofos llevan generaciones preguntándose si un árbol que cae en el bosque hace ruido cuando nadie lo escucha al caer. Y los teólogos medievales debatieron seriamente (en Bizancio) sobre el sexo de los ángeles.
Volviendo a nuestro caso: tal vez la verdadera cuestión no sea si la inteligencia artificial es o no es inteligente. Tal vez el problema está en la palabra inteligencia, en el nombre. Como dato, recordaré que la culpa —¿culpa?— fue de John McCarthy, que en 1955 acuñó el término inteligencia artificial. En aquel momento, el nombre fue aceptado por la mayoría de científicos sin mayor discusión. Nadie parecía sospechar el debate filosófico-semántico que estaba sembrando.
Pero volvamos a lo nuestro. Si en lugar de llamarla inteligencia artificial la hubiéramos bautizado de cualquier otra manera —motor probabilístico, generador cognitivo, sintetizador semántico, modulador algorítmico o incluso cualquier palabra completamente inventada— la discusión sería muy distinta.
Podríamos haberla llamado, por ejemplo, la Kervix.
Entonces diríamos simplemente: este informe lo ha generado la Kervix, este texto lo ha producido la Kervix, este programa lo ha escrito la Kervix.
Y pasaríamos tranquilamente a otra cosa.
Nadie se preguntaría si la Kervix es realmente Kervix, si entiende lo que hace o si piensa como un humano. El debate desaparecería porque la palabra no nos empujaría automáticamente a comparar esa máquina con nuestra propia inteligencia. Pero al llamarla inteligencia artificial introdujimos desde el primer momento una comparación inevitable. La palabra “inteligencia” funciona como una trampa semántica: nos obliga a medir la máquina con el mismo patrón con el que medimos la mente humana. Y ahí es donde está el error y donde empieza la absurda discusión infinita.
Hagamos una pausa, o un cambio de escena, o como queráis llamarlo. Olvidemos por un momento qué nombre le damos a quien produce algo y fijémonos únicamente en el resultado. Si, se llame como se llame, produce un texto excelente, un informe claro o un programa que funciona perfectamente, la cuestión esencial queda resuelta: funciona.
El problema es que ya no podemos cambiar el nombre. La expresión inteligencia artificial se ha instalado definitivamente en el lenguaje. Pero sí podemos hacer algo más sencillo: cambiar la forma de pensarla. Basta con un pequeño ejercicio mental: cada vez que leamos “inteligencia artificial”, sustituyámoslo mentalmente por otra palabra. Por ejemplo, la Kervix.
Entonces todo se vuelve más simple. La Kervix ha escrito este informe, la Kervix ha generado este análisis, la Kervix ha programado este código. Sin discusiones metafísicas ni debates interminables sobre si la Kervix es Kervix o no es Kervix: todos convendremos que es solo una herramienta extraordinariamente eficaz produciendo resultados positivos y satisfactorios. Entonces podremos dedicar nuestra energía a algo mucho más útil: aprender a trabajar mejor con la Kervix y aprovechar todas sus posibilidades para trabajos más productivos e interesantes que debatir sobre el sexo de los ángeles.
Lo que sí es evidente es que sus capacidades ya superan muchas de las nuestras. Y todo indica que seguirán haciéndolo cada vez más.
A mí no me asusta.
Al contrario: me parece extraordinario. Porque yo sí creo que la Kervix —o, si lo preferís decir así, la inteligencia artificial— es inteligente.
Quizá John McCarthy acertó de pleno cuando, en 1955, se atrevió a usar esa palabra.
El problema nunca estuvo en la máquina. Ni siquiera en el nombre.
El problema siempre ha estado —y sigue estando— en nuestra obstinada necesidad de discutirlo.