Gracias, Trump! Gracias, Presidente!

No, no es una ironía, ni un giro cínico. Es un agradecimiento sincero, aunque forjado en la decepción y el caos. Porque, a veces, se necesita un catalizador potente, incluso destructivo, para que la realidad se imponga sobre la complacencia. Y tú, Presidente, has sido ese catalizador para que Europa despierte, aunque no podemos obviar que la situación geopolítica actual en la que nos has metido es de una gravedad extrema.

Hagamos un breve repaso, a tu“Make America… what?” Tu paso por la presidencia ha sido y es un torbellino de decisiones erráticas y unilaterales que han sacudido el globo de polo a polo: desde la retirada del Acuerdo de París hasta la guerra comercial con China, pasando por los aranceles a aliados como Canadá y la Unión Europea, la parálisis de la ayuda a Ucrania, el flirteo con Corea del Norte, la errática política hacia Venezuela, la peregrina idea de comprar Groenlandia, y la obsesión con el muro en la frontera con México, marcada por una obsesión xenófoba y cruel contra los inmigrantes, ejecutada por el ICE con la separación de familias o el veto migratorio a países musulmanes sin olvidar los ataques a la OTAN y la OMS. Todo ello, fruto de una inexperiencia manifiesta, un egoísmo exacerbado y unos delirios de grandeza que rozan la patología mental.

Aunque no todos compartimos la idea de que no hay mal que por bien no venga —porque hay costes humanos, políticos y económicos que no admiten compensación posible—, lo importante aquí es el resultado. Y el resultado es que tu mesiánica guerra con Irán nos ha obligado a tomar una gran decisión europea: no intervenir en Ormuz. Quizá haya sido, de forma abrupta pero definitiva, el primer paso de Europa hacia su independencia.

Y el resultado es que, por suerte o por desgracia, nos has hecho ver la realidad. Nos has quitado la venda. Europa, acomodada bajo el paraguas de seguridad estadounidense durante décadas, ha vivido en un espejismo de protección perpetua. Tu «América Primero» nos ha dejado claro que, cuando las cosas se ponen feas, ese paraguas puede cerrarse unilateralmente, sin previo aviso.

Gracias por recordarnos que la dependencia ciega es una debilidad, no una fortaleza. Gracias por obligarnos a mirar el mundo tal como es, y no como nos gustaría que fuera.

A partir de aquí, el camino está claro. Europa tiene que unirse más. Mucho más. No podemos seguir siendo un coro de voces dispersas en un escenario global dominado por gigantes. La fragmentación actual nos hace vulnerables. Necesitamos una Europa que hable con una sola voz en defensa de sus intereses y valores. Y esto no es solo un deseo idealista; es una necesidad pragmática de supervivencia.

Esta mayor unión requiere, ineludiblemente, un estudio profundo de nuestro sistema de gobierno. No podemos permitirnos la parálisis que a menudo provoca la regla de la unanimidad. La idea de que un solo estado miembro, por muy legítimos que sean sus intereses, pueda bloquear decisiones vitales para los otros 26 es insostenible en un mundo que se mueve a la velocidad de la luz. Casos recientes, en los que la unanimidad se ha convertido en una herramienta de chantaje geopolítico o de defensa de intereses particulares, demuestran la urgencia de transitar hacia mecanismos de decisión por mayoría cualificada en áreas clave. La cohesión europea no puede ser rehén de caprichos o estrategias cortoplacistas, ni reducirse a declaraciones retóricas vacías de medidas concretas.

La Europa del futuro, la que debemos empezar a construir hoy, debe recuperar su esencia. Fuimos, en su día, el faro del progreso, la cuna del pensamiento ilustrado y el motor de la innovación. Y ahora, debemos plantearnos muy seriamente recuperar ese liderazgo, especialmente en el terreno de la economía y la tecnología. Hoy en día, la tecnología no es solo una herramienta de desarrollo; es la verdadera arma geopolítica. La hegemonía tecnológica define quién establece las normas, quién controla las infraestructuras críticas y quién influye en el futuro. No podemos seguir dependiendo de tecnologías clave desarrolladas y controladas por potencias rivales o aliadas volátiles.

Por todo esto, Presidente Trump, gracias. Tu presidencia está siendo un trago amargo, sí. Pero ha sido el revulsivo que necesitábamos para despertar de nuestro letargo. Nos has recordado que la libertad y la seguridad no se heredan, se defienden cada día con determinación y unidad. Nos has empujado a mirarnos al espejo y a reconocer que tenemos el potencial para ser algo más que un simple aliado.

Es hora de pasar de la dependencia a la autonomía estratégica. Es hora de dejar atrás las viejas estructuras que nos frenan y adoptar mecanismos de decisión más ágiles y eficaces. Es hora de invertir en nuestro propio desarrollo tecnológico y reclamar nuestro lugar como líderes en la innovación global.

Gracias, Trump, por hacernos ver que el futuro de Europa está, única y exclusivamente, en manos de los europeos. Ahora, nos toca demostrar que estamos a la altura del desafío. Nos toca a nosotros hacer lo que, en el fondo, siempre hemos sabido que debíamos hacer. Nos toca a nosotros… Make Europe Great Again. Pero esta vez, por nosotros mismos, y para todos. La oportunidad está ahí, sin duda; la incógnita es si Europa será realmente capaz de aprovecharla.

 

Tomás Cascante
PUEDES LEER TODOS MIS ARTÍCULOS NOTANDUM, AQUÍ

.

.

.

Otras entradas que te pueden interesar