Acabo de leer unas declaraciones de Santiago Niño Becerra en las que afirma que la inteligencia artificial “va a forzar aún más a que jóvenes se vayan al extranjero”. Y, francamente, creo que la frase apunta a un problema real, pero en su brevísimo artículo no dibuja toda la situación. Por eso me voy a liar a ampliarla y matizarla un poco.
La inteligencia artificial no es un fenómeno español. No está entrando solo en nuestras oficinas, consultoras, medios, gestorías, despachos profesionales o departamentos administrativos. La IA está entrando también en Francia, Italia, Alemania, Reino Unido… y Estados Unidos. Es decir: si la IA destruye o transforma empleos de entrada, lo hará —y ya lo está haciendo— en todas las economías avanzadas.
El FMI calcula que en las economías avanzadas alrededor del 60% de los empleos pueden verse afectados por la IA. Pero esa afectación no significa siempre destrucción: en unos casos aumentará la productividad; en otros reducirá demanda de trabajo, salarios o contrataciones. La OCDE también advierte de que los jóvenes pueden sufrir especialmente esta transición, porque muchos empleos de entrada compiten ya con herramientas de IA capaces de asumir tareas repetitivas, administrativas o de primera elaboración.
El problema no es solo español. La diferencia no está en la IA. La diferencia está en el país que la recibe.
La cuestión, no es si la IA expulsará jóvenes de España. La cuestión es si España será capaz de crear trabajos donde la IA sea una herramienta para crecer, y no una coartada para contratar menos, pagar peor o cerrar la puerta de entrada al mercado laboral.
Y ahí España llega con una mochila pesada. En marzo de 2026, el paro juvenil en la Unión Europea era del 15,4%. España sigue estando entre los países con mayores dificultades para integrar laboralmente a sus jóvenes. Además, España tiene una tasa muy alta de sobrecualificación: en 2024, el 35% de los titulados superiores trabajaban en empleos de baja cualificación, frente al 21,9% de media europea.
Es decir, nuestros jóvenes no llegan a la IA desde un mercado laboral sano. Llegan desde un mercado laboral que ya les ofrecía demasiado a menudo precariedad, salarios bajos, temporalidad, prácticas eternas, trabajos por debajo de su formación y escasas posibilidades reales de carrera.
Por eso no creo que los jóvenes españoles se vayan “por culpa de la inteligencia artificial”. Se van —cuando se van— porque buscan mejores salarios, mejores carreras, más estabilidad, más reconocimiento y más futuro. La IA puede acelerar esa decisión, pero no es la causa única. Es una presión añadida sobre una estructura que ya estaba fallando.
Y ante este panorama surge la pregunta ¿Qué debemos hacer? De entrada, lo que no debemoa hacer es resignarnos ni demonizar la tecnología. Hay que formar masivamente en IA aplicada, adaptar la universidad y la FP al nuevo mercado, ayudar a las pymes a crear empleo cualificado con IA, proteger los trabajos de entrada para que sigan siendo puertas de aprendizaje y no convertir la automatización en una excusa para pagar menos.
La cuestión, por tanto, no es si la IA expulsará jóvenes de España. La cuestión es si España será capaz de crear trabajos donde la IA sea una herramienta para crecer, y no una coartada para contratar menos, pagar peor o cerrar la puerta de entrada al mercado laboral.
Porque el problema no es que venga la inteligencia artificial. El problema es llegar a la inteligencia artificial con un mercado laboral poco preparado y poco inteligente.
Tomás Cascante
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