Ayer, mientras hacía bicicleta bajando de Sabadell a Barcelona siguiendo el curso del río, le iba dando vueltas a una idea: tal vez estamos llegando al final de la evolución dirigida por nuestras propias mentes. No al final biológico del ser humano, sino al final de una larga etapa en la que la inteligencia que ordenaba, inventaba y empujaba el mundo era inequívoca y exclusivamente la nuestra.
Por el planeta Tierra han pasado más de cien mil millones de seres humanos. Cien mil millones de centros de percepción, de cálculo, de memoria, de intuición, de miedo y de imaginación. Cien mil millones de cerebros que, generación tras generación, fueron arrancando a la naturaleza sus secretos hasta levantar esto que llamamos civilización.
Al igual que un suave pedaleo asistido por la gravedad me acercaba a Barcelona casi sin notarlo, las sucesivas generaciones humanas avanzaron sostenidas por una fuerza acumulada, heredada. Fueron una fábrica de inteligencia. Un larguísimo relevo mental gracias al cual se dominó el fuego, se inventó la agricultura, se levantaron ciudades, se construyeron máquinas, se domesticó la electricidad y se llegó a la Luna. Toda nuestra historia puede leerse como una carrera de relevos entre personas que pensaron.
Y quizá ahí esté el punto de inflexión.
Fue más o menos en ese tramo del recorrido, cruzando bajo el puente de la autopista, cuando paré un momento. El río bajaba tranquilo, con esa indiferencia que tiene el agua ante todo lo que ocurre en las orillas. Me quedé mirándolo desde la bicicleta, un pie en el suelo, sin saber exactamente por qué había parado. Creo que era eso: la sensación de haber llegado a algún sitio sin haberlo decidido del todo.
Puede que esos cien mil millones de mentes hayan conducido la evolución humana hasta un umbral en el que la siguiente fase ya no dependa enteramente de ellas. Hemos inventado sistemas que no son herramientas pasivas. Son artefactos capaces de procesar lenguaje, identificar patrones, aprender, anticipar y, en ciertos ámbitos, superar ya el rendimiento humano. Durante siglos creamos instrumentos para ampliar nuestra fuerza. Ahora estamos creando inteligencias para ampliar —o sustituir— partes de nuestra mente.
La pregunta ya no es qué puede hacer la inteligencia artificial. La pregunta es qué pasa cuando la inteligencia humana deja de ser la única inteligencia relevante en la dirección del mundo.
Llegué a Barcelona por la zona del Fòrum, con el mar de frente. La bicicleta rodaba sola, casi sin esfuerzo. En algún momento dejé de pedalear y simplemente dejé que la inercia me llevara. Pensé que tal vez así es como entramos en estas transiciones grandes: sin un momento exacto en que decidimos hacerlo, sin un instante claro en que dejamos de ser los que éramos.
Ese es el vértigo de nuestro tiempo. Cien mil millones de mentes nos han traído hasta este borde. La cuestión es si lo que viene después seguirá siendo plenamente humano
Tomás Cascante
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