El gran rotulador negro de Trump ¿Una firma o un arma de destrucción global?

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Hoy no escribo algo nuevo. Hoy recupero algo que ya escribí hace exactamente un año.

Lo hago porque, vistas las dimensiones que están alcanzando las acciones y declaraciones de Donald Trump en las últimas semanas, aquel texto no ha perdido vigencia; la ha ganado. En aquel momento me limité a analizar un rasgo que me parecía determinante: una personalidad profundamente egolátrica, marcada por la necesidad constante de afirmación, centralidad y espectáculo. No entraba tanto en la política concreta como en el perfil psicológico que condiciona esa política.

Esta es la Crónica desde mi Azotea que escribi el 22 de febrero de 2025

 



El gran rotulador negro de Trump ¿Una firma o un arma de destrucción global?

Hoy en mi azotea hacía viento, las nubes en el cielo formaban y deformaban curiosos dibujos en el azul oscuro del amancer barcelonés. En uno de ellos, en vez de caras o animales, me ha parecido ver la catedral de Burgos. —¿la catedral de Burgos?—me he preguntado. Era algo enorme, grande, negro… —No, no— me he dicho de repente, entrecerrando los ojos para enfocar mejor la figura que ya se estaba desdibujando en las alturas. —No, no es la catedral de Burgos… ¡es la firma de Donald Trump!—.

Cada vez que aparece Trump en los medios mostrando orgulloso y sonriente alguna de las órdenes que tanto le gusta firmar, no dejo de sorprenderme al ver el enorme tamaño de su firma, la parte del documento que le representa. —Aquí estoy—, —¡Eh, fíjense, soy yo!— parece decir la ampulosa firma del narcisista inquilino de la Casa Blanca, destacando negra y amenazadora sobre el fondo del blanco papel.

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Aún era pronto. Mientras la ciudad despertaba, me he quedado ahí arriba, tranquilamente sentado, observando el espectáculo del viento dibujando en las nubes, intentando comprender la mentalidad de este megalómano, exhibicionista y autoritario personaje de pelo teñido de amarillo y corbata roja, a quien el pueblo estadounidense, democráticamente, ha concedido el cargo más poderoso del mundo. Y dándome cuenta, no sin sentir un ligero escalofrío, de que desde la Casa Blanca, con el inmenso poder ejecutivo, militar y estratégico que conlleva la presidencia de Estados Unidos, la aparatosa firma de Trump no es solo tinta sobre papel, sino una herramienta capaz de alterar economías, desatar conflictos y desconfigurar alianzas globales.

La aparatosa firma de Trump no es solo tinta sobre papel, sino una herramienta capaz de alterar economías, desatar conflictos y desconfigurar alianzas globales.

Donald Trump, el gran perseguidor de inmigrantes, hijo de una inmigrante escocesa y nieto de un inmigrante alemán expulsado de Baviera por evadir el servicio militar, ha convertido su extravagante y grandilocuente firma en un sello inconfundible de su poder. Su elección de firmar con un rotulador Sharpie grueso, en lugar de una pluma tradicional, no es un detalle menor: es una extensión de su deseo de protagonismo, su necesidad de marcar territorio y su inclinación hacia el espectáculo.

Trump ha convertido su firma en un arma de poder global. Ha sugerido que su firma podría transformar Gaza en un resort turístico, manifestado su intención de retirar a EE.UU. de la OMS y el Acuerdo de París, y amenazado con debilitar la OTAN al cuestionar su compromiso con aliados que no cumplen con el gasto militar. Ha insinuado retomar el control del Canal de Panamá bajo dominio estadounidense, criticando la influencia extranjera, y reavivado disputas con Canadá en el Ártico al reclamar con audacia recursos estratégicos y derechos soberanos. Además, al llamar «dictador» a Zelenski, ha provocado tensiones diplomáticas y alimentado temores de una escalada bélica en Europa del Este, mientras su sorprendente y repentina cercanía con Putin desconcierta a aliados y redibuja lealtades globales. Su gran rotulador negro no solo firma documentos, sino que proyecta su visión del mundo. Su estilo de gobierno, marcado por el espectáculo y la confrontación, refuerza la pregunta de fondo:

¿Cómo afecta al mundo que un líder con tal necesidad de protagonismo y autoafirmación concentre tanto poder?

El artículo de Business Insider «Trump’s Pen: 7 Times He Wielded His Infamous Sharpie» (21 de enero de 2025) documenta los momentos más icónicos en los que Trump ha utilizado su firma como un instrumento de poder. El artículo destaca su insistencia en usar un rotulador grueso para que su trazo sea visible y dominante. También menciona que Trump encargó un diseño exclusivo a Sharpie con su propia firma impresa, reforzando aún más su imagen de liderazgo dominante.

Grafólogos como Sandra Cerro han analizado la firma de Trump, caracterizada por trazos angulosos y exagerados. Según Cerro, esta rúbrica denota una personalidad inflexible, con un fuerte deseo de control y dominio. La verticalidad de su firma sugiere autocontrol, pero su tamaño y agresividad en el trazo revelan un ego expansivo y un impulso de protagonismo inquebrantable.

Su gran rotulador negro no solo firma documentos, sino que proyecta su visión del mundo. Su estilo de gobierno, marcado por el espectáculo y la confrontación

Su rotulador Sharpie no es solo una herramienta de escritura, sino un símbolo de su manera de gobernar: grueso, permanente y diseñado para dejar huella. Pero la pregunta sigue en el aire: ¿a dónde nos conducirá un líder que firma el destino de una nación como si se tratara de una marca personal?

Hoy, el viento que soplaba en mi azotea y la firma y los hechos de este curioso personaje me han llevado a pensar en aquel viejo refrán: “quien siembra vientos, recoge tempestades”.
Lo que me preocupa no es que sea él quien siembra vientos (que también) , sino que seamos nosotros quienes tengamos que recoger las tempestades.

¡Que así no sea!


Un año después, los hechos parecen confirmar que el problema no era coyuntural ni retórico. Era estructural. Y cuando determinadas características personales se combinan con poder institucional, capacidad ejecutiva y alcance global, el análisis deja de ser un ejercicio intelectual para convertirse en una advertencia.

Por eso lo republico.

Tomás Cascante

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