¿Es Trump el Atila que Europa necesitaba?

Atila fue llamado el azote de Dios. Su nombre evocaba devastación, incendio, caída. Representaba el caos que arrasa, la fuerza que irrumpe sin pedir permiso y desmantelaba lo que parecía sólido. Durante siglos quedó fijado en la memoria europea como el símbolo del destructor absoluto. ¿Es Trump el nuevo Atila?

Y, sin embargo, la historia rara vez es lineal. Las invasiones hunas no crearon la decadencia del Imperio romano de Occidente; la aceleraron. Roma ya estaba debilitada, burocratizada, fragmentada. Atila no inventó la fragilidad: la expuso. La presión externa obligó a reorganizar defensas, redefinir alianzas y asumir que el mundo que había sido ya no volvería. El golpe no fue la causa única del cambio, pero sí un catalizador brutal.

(¿Te suena esta músiquita?)

La pregunta incómoda es esta: ¿puede una sacudida externa, incluso una figura disruptiva, provocar un despertar que de otro modo no se produciría?

Europa lleva décadas instalada en una comodidad estratégica inédita. Crecimiento, mercado único, estabilidad institucional, paraguas militar estadounidense. Una arquitectura admirable, pero también una arquitectura que, en ocasiones, ha adormecido la ambición geopolítica y la capacidad de reacción. La dependencia energética, tecnológica y defensiva no surgió de la nada; fue el precio de una larga era de paz.

Y ahora de repente, en este contexto aparece un nuevo devastador: Donald Trump. Polémico, disruptivo, narcisista ad infinitum, imprevisible... Para muchos, un factor de inestabilidad global; para otros, un síntoma de un cambio más profundo en el equilibrio internacional. No se trata aquí de juzgar su moralidad ni de evaluar su programa político. La cuestión es otra: ¿puede su actitud —más transaccional, menos garantista con Europa— obligar al continente (a nosistros, sí, a nosostros la vieja y orgullosa Europa) a asumir responsabilidades que ha pospuesto durante demasiado tiempo?

Cuando el aliado tradicional deja de parecer incondicional, la dependencia se vuelve incómoda. Cuando el orden liberal parece menos estable, la autonomía estratégica deja de ser un concepto académico y se convierte en necesidad. Cuando el ruido sustituye a la previsibilidad, la madurez política ya no es una opción estética, sino una exigencia.

Atila no fue un reformador. No buscaba modernizar Europa. Pero su presión contribuyó a acelerar procesos que estaban latentes. Del mismo modo, quizá la cuestión no sea si determinadas figuras son “buenas” o “malas” para Europa, sino si su irrupción fuerza una toma de conciencia. Las civilizaciones rara vez se cohesionan en la abundancia; suelen hacerlo frente a la amenaza.

Europa se enfrenta hoy a retos que no admiten demora: soberanía tecnológica, defensa común, política energética coherente, competitividad industrial, liderazgo en inteligencia artificial. Durante años, muchos de estos debates han avanzado a ritmo burocrático. Sin embargo, la sensación de vulnerabilidad acelera decisiones que antes parecían aplazables.

¿Es, entonces Trump, un mal necesario?

La expresión es peligrosa, porque puede parecer que legitima el conflicto o la inestabilidad. No se trata de celebrar el azote ni de romantizar la ruptura. Se trata de reconocer un patrón histórico: a veces el choque externo actúa como espejo implacable. No crea la debilidad, pero la revela. No inventa la dependencia, pero la hace insoportable.

Tal vez la pregunta más honesta no sea si Europa necesita su Atila, sino por qué solo despierta cuando siente el golpe. Si el continente logra reorganizarse, invertir con determinación en su soberanía tecnológica y estratégica, fortalecer su cohesión interna y redefinir su papel en el mundo, el mérito no será del azote, sino de la reacción.

La historia no absuelve a los destructores, pero sí examina la capacidad de los pueblos para transformarse tras la sacudida. Europa no necesita devastación; necesita conciencia. Y, si la incomodidad actual sirve para provocarla, el verdadero juicio no recaerá sobre quien agitó el tablero, sino sobre quienes supieron mover sus piezas.

La cuestión, al final, no es quién encarna el azote, sino si somos capaces de convertir la presión en madurez.

¿Sabremos hacerlo?

Tomás Cascante

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