Inteligencia artificial: entre apocalípticos e integrados, otra vez

Por Héctor Santcovsky

Cada época cree vivir dilemas inéditos, aunque muchas discusiones tienen antecedentes claros. En los años sesenta, Umberto Eco habló de la tensión entre apocalípticos e integrados: unos veían en los medios de masas una amenaza cultural y otros celebraban su potencial democratizador. Hoy, ante la inteligencia artificial, esa misma división reaparece, pero a una escala mucho mayor.

La IA no es simplemente otra tecnología. Es una infraestructura capaz de generar información, reorganizar conocimiento y participar en la toma de decisiones. Por primera vez, la automatización entra de lleno en el terreno cognitivo, no solo en el físico. No se limita a ejecutar órdenes: aprende, relaciona datos, predice y sugiere. De ahí nace la inquietud que la rodea: temor a la desinformación sintética, a la manipulación digital, a la suplantación de identidades, a la pérdida de control sobre el trabajo y, en el fondo, sobre nuestra propia manera de interpretar la realidad.

La cuestión, por tanto, no es solo económica, sino política. La inteligencia artificial concentra capacidad de decisión y de organización del conocimiento en grandes plataformas tecnológicas que no siempre responden a lógicas democráticas. Su influencia atraviesa la economía, la cultura, la educación y la formación de la opinión pública. En paralelo, se inserta en un contexto geopolítico tenso, donde Estados Unidos y China compiten abiertamente por el liderazgo tecnológico mientras Europa intenta encontrar un difícil equilibrio entre regulación, soberanía digital y dependencia estructural.

El problema es que la velocidad del cambio supera la capacidad de adaptación de nuestras instituciones. Durante décadas, la innovación parecía seguir un orden reconocible —invención, difusión, regulación—, pero hoy esa secuencia se ha quebrado. La convergencia entre grandes modelos de aprendizaje, sistemas multiagente y nuevas arquitecturas de computación está generando un proceso acumulativo, acelerado y en buena medida opaco para la ciudadanía.

Ahora bien, reducir el debate a una elección entre entusiasmo tecnológico y catastrofismo sería simplificarlo en exceso. La IA es también una herramienta clave para afrontar retos estructurales como la transición energética, la optimización industrial, la investigación médica, la gestión urbana o la adaptación climática. Renunciar a ella sería tan inviable como aceptarla sin condiciones.

Nos enfrentamos así a una paradoja clásica de la modernidad: necesitamos aquello que al mismo tiempo nos inquieta. La IA no es buena ni mala en sí misma; su impacto dependerá del marco social, económico y normativo en el que se integre. Más que destruir empleo de forma masiva, transformará el trabajo, desplazará tareas y reordenará la creación de valor. El riesgo real no es la falta de empleo, sino la concentración de los beneficios de esa automatización en muy pocos actores.

La historia económica muestra que los grandes saltos tecnológicos solo se convierten en progreso colectivo cuando van acompañados de nuevas instituciones, reglas y mecanismos de redistribución. La revolución industrial no generó bienestar por sí sola; lo hicieron también el derecho laboral, la educación pública y los sistemas de protección social. La revolución digital-cognitiva exigirá un esfuerzo comparable.

Por eso empieza a ser necesario pensar en un verdadero pacto tecno-social: no frenar la innovación, sino gobernarla. Asegurar que el aumento de productividad se traduzca en cohesión y no en desigualdad; que la capacidad tecnológica esté ligada a la responsabilidad democrática; y que la gobernanza de los datos, los algoritmos y las infraestructuras digitales responda a principios de interés general.

Hoy ese acompañamiento político va claramente por detrás de la innovación. Y ahí reside el verdadero desafío de nuestra época: no tecnológico, sino institucional. Volvemos así, casi de manera circular, a la intuición de Eco. Entre el alarmismo que anuncia el colapso y la celebración acrítica de cualquier avance existe un espacio más exigente: el de la responsabilidad pública. La inteligencia artificial no es un destino inevitable, sino un campo de decisión colectiva.

La pregunta no es qué pueden hacer las máquinas, sino qué queremos hacer nosotros con ellas.

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