La IA no ha hecho la guerra más humana. La ha hecho más fácil


Hoy mi reflexión proviene de un programa de radio que acabo de grabar con Esteve Almirall, hemos hablado de la Guerra y la IA y ahí van mis reflexiones: Durante milenios, la guerra fue cuerpo a cuerpo. Primero piedras, palos y lanzas; tribus enfrentadas en combates directos donde el valor y la proximidad decidían. Luego llegaron las murallas, los castillos, los fosos: los asedios, la ingeniería de la defensa frente a la ingeniería del ataque y todo se hacía a pie o a caballo con catapultas, y torres de asalto. Después, la pólvora cambió el tablero: artillería, fusiles, ametralladoras, bombas, aviación, tanques… la guerra se industrializó. La distancia aumentó, la destrucción se amplificó. Pero siempre había alguien delante. Siempre había un soldado, cien soldados, mil soldados… o 25 millones de soldados y 55 millones de civiles muertos en la segunda guerra mundial.

Gente. Ese es el punto de ruptura.

Ahora, por primera vez en la historia, una guerra puede librarse sin soldados en primera línea. No porque no haya enemigo, sino porque quien lo combate ya no es necesariamente un ser humano. Drones, robots terrestres, sistemas autónomos: máquinas operadas por personas que ya no pisan el campo de batalla.

La guerra deja de hacerse y empieza a ejecutarse. Se define, se programa… y se ejecuta a distancia, sin soldados en el campo de batalla. (noticia Huffingtonpost)

Hasta ahora, combatir era una acción directa: alguien veía, dudaba y disparaba. Ahora, entre la decisión y el disparo aparece un sistema. Un algoritmo que detecta, prioriza y actúa.

Y en ese intervalo —mínimo, invisible— desaparece algo esencial: la conciencia del acto.

Hasta ahora, la lógica era clara: infantería contra infantería, aviación contra aviación, bombas contra bombas. Un espejo violento donde cada avance encontraba su réplica. Pero lo que se abre ahora es distinto: robots contra robots, algoritmos contra algoritmos. Sistemas que detectan, deciden y actúan en tiempos que ya no son humanos.

Y ahí aparece una segunda derivada, aún más inquietante: la guerra que no se ve ni se oye. Ciberataques que no destruyen ciudades, pero paralizan países. Sistemas eléctricos que caen, comunicaciones que desaparecen, mercados que se bloquean. Desinformación y propaganda diseñadas por inteligencia artificial que confunden, dividen y erosionan la confianza hasta debilitar y derribar una sociedad desde dentro. No hay explosión, no hay humo, no hay cadáveres en las calles. Pero el resultado puede ser el mismo: un país detenido, debilitado, sometido. Es una guerra incruenta en apariencia, pero no inocua. Porque el sufrimiento no desaparece, solo se desplaza. No muere el soldado en el frente, pero puede colapsar una sociedad entera desde dentro.

Y aquí es donde la historia nos obliga a hacer una pausa.

Hemos sobrevivido a guerras tribales, a imperios, a guerras mundiales, a la industrialización de la muerte, pero nunca habíamos tenido sistemas capaces de decidir, escalar y ejecutar conflictos fuera del control humano. Cuanto más sofisticada es la guerra, menos visible se vuelve. Y cuanto menos visible, más fácil es iniciarla.

Si no hay soldados propios que vuelvan en ataúdes, si no hay imágenes que sacudan la conciencia, si la guerra se convierte en un proceso técnico, casi administrativo… ¿qué la frena? A partir de ahora quizá no será más violenta, sino más frecuente. Más silenciosa. Más continua… y mucho más destructiva.

Y entonces la pregunta deja de ser tecnológica y pasa a ser humana: ¿hemos aprendido algo… o simplemente estamos construyendo una forma más limpia de repetir la guerra?

Y cuando una guerra se vuelve más fácil de hacer, también se vuelve más difícil de detener.

 

 

 

Tomás Cascante
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