La inercia te matará. Y lo sabes.

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Hoy tenía radio. Agenda llena, como siempre, el tiempo justo y la mañana milimetrada. La experiencia me ha enseñado que Murphy siempre anda rondando, así que he empezado a preparar la grabación más de media hora antes. Menos mal. Porque la tecnología, fiel a su costumbre, me tenía reservada una de las suyas: veinte minutos intentando que un micrófono USB funcionara correctamente.

Y resulta que no era un problema del micrófono. No era un problema del navegador. Era el viejo amigo Windows —¿amigo?—, que había decidido, por su cuenta y sin avisarme, cambiar el dispositivo de audio predeterminado.

¡Veinte minutos!

Por suerte, a la hora en punto he podido empezar a grabar. Pero vaya manera de empezar el día.

El asunto no es que Windows sea malo. El asunto es que puede permitirse serlo y seguir siendo el sistema operativo dominante en el escritorio empresarial mundial. Millones de empresas lo usan cada día no porque sea el mejor, sino porque cambiarlo duele demasiado: duele en los archivos acumulados durante años, en los flujos de trabajo construidos sobre programas heredados y en la memoria muscular de millones de trabajadores que saben exactamente dónde está cada opción de cada menú. El ratón se mueve casi solo hacia el lugar correcto.

Y Windows sigue ahí, con sus ventanas que se descuadran, sus actualizaciones que reinician el ordenador en el peor momento y sus micrófonos que cambian solos de dispositivo predeterminado. Y insisto: no porque sea el mejor, sino porque cambiar duele.

Eso se llama inercia tecnológica. Y probablemente sea la fuerza invisible más poderosa del mundo empresarial. No es lealtad ni preferencia racional: es el coste brutal de cambiar. Mientras ese coste exista, lo mediocre sobrevivirá, lo obsoleto seguirá facturando y lo incómodo se seguirá aguantando.

Pero hay algo que me preocupa mucho más que un micrófono desconfigurándose. Hay directivos, gerentes y empresas enteras que saben perfectamente que la inteligencia artificial está reescribiendo las reglas del juego. Lo saben. Lo leen en cada titular. Asienten en las conferencias. Comparten artículos en LinkedIn.

Y no hacen nada.

Siguen con sus procesos de siempre, sus reuniones de siempre, sus herramientas de siempre. No por ignorancia, sino por inercia: por la comodidad de seguir con lo conocido, por el miedo disfrazado de prudencia, por la reunión que habría que convocar, el presupuesto que habría que justificar o el error que habría que admitir si la cosa no funciona.

“Total, por un trimestre más”, se dice el empresario prisionero de la inercia.

El problema es que el avance tecnológico es exponencial, y eso puede convertir un trimestre en una década. Cuando ese directivo acomodado quiera subirse al tren, el tren ya no parará en su estación.

La inercia no es un defecto de carácter. Es humana. Es comprensible. Pero en un momento de cambio tan profundo como el actual tiene un precio, y ese precio se paga más tarde, con intereses, con retraso y con la amarga sensación de haber sabido perfectamente lo que iba a pasar y no haber movido un dedo para evitarlo.

El epitafio de muchas empresas que desaparecerán en los próximos años no dirá “no lo vimos venir”. Dirá algo mucho peor: “lo vimos venir y nos quedamos sentados”.

¿Y tú? ¿Sigues cómodamente sentado en el andén de la inercia o ya te has subido al tren del progreso?

Tomás Cascante
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