Acabo de leer una noticia que no puedo calificar más que como curiosa en elEconomista.es. En ella se afirma que «científicos y psicólogos coinciden en que la IA está provocando que las personas hablen, escriban y piensen igual». Según un estudio de la Universidad del Sur de California, el uso masivo de chatbots estaría estandarizando el lenguaje y los procesos de razonamiento.
La conclusión de los investigadores es clara: si millones de personas utilizan las mismas herramientas para escribir o razonar, el resultado es una homogeneización del pensamiento. Los textos empiezan a parecerse unos a otros: mismas estructuras, mismos giros, mismas palabras. La escritura se vuelve cada vez más uniforme, más plana, menos creativa.
La idea no es descabellada. Pero tampoco explica toda la historia.
Porque, al mismo tiempo, hoy aparece otra noticia que apunta en una dirección muy distinta. Según datos publicados por RRHH Digital, el interés de los profesionales creativos españoles por formarse en inteligencia artificial ha crecido un 52 % en 2025. Y no lo hacen por miedo a quedarse sin trabajo, sino por algo mucho más simple: porque la IA les permite ampliar sus posibilidades creativas y su productividad.
Lejos de uniformar y empobrecer la creatividad, muchos profesionales están descubriendo justo lo contrario: la inteligencia artificial permite automatizar tareas repetitivas, acelerar procesos y explorar ideas nuevas con una rapidez que antes era imposible.
Así que tenemos dos diagnósticos aparentemente contradictorios.
Por un lado, investigadores que advierten de una posible uniformización del pensamiento.
Por otro, profesionales creativos que están utilizando la IA para multiplicar sus posibilidades de creación.
Bueno, entonces… ¿en qué quedamos?. ¿La IA empobrece o enriquece la creatividad?
Lo que ocurre es que están apareciendo dos formas radicalmente diferentes de utilizar la inteligencia artificial para escribir, hacer arte… crear.
La primera es la más evidente: usarla como un negro literario. Es decir, pedirle directamente que escriba por nosotros. Le damos el tema, esperamos unos segundos y obtenemos un texto correcto, ordenado, razonablemente bien escrito y perfectamente publicable. Es lo que defiende el primer artículo: cada vez más personas trabajan así —informes, artículos, correos, presentaciones, resúmenes—.
El resultado suele ser impecable. Impecablemente plano, lineal, de molde… podríamos decir intercambiable. Porque cuando dejamos que la máquina piense, estructure y redacte por nosotros, el texto termina teniendo inevitablemente el mismo tono que miles de textos generados de la misma manera. Todo es correcto. Todo es claro. Todo es homogéneo. La única diferencia es si lo ha escrito ChatGPT, Gemini, Claude o cualquier otra IA generativa de mayor o menor nivel.
La segunda forma de usar la inteligencia artificial es completamente distinta.
Consiste en utilizarla no como sustituto, sino como herramienta.
Si seguimos con el ejemplo de escribir, se trataría de utilizar la IA como una sofisticadísima pluma del siglo XXI. Una herramienta capaz de documentar, contrastar datos, proponer enfoques alternativos, pulir una frase, ajustar la puntuación, mejorar la claridad de un párrafo o ayudar a ordenar un argumento.
Pero el pensamiento —la raíz, la idea, la base, el criterio— es exclusivamente del autor. Y, como ya he dicho en numerosas ocasiones, el autor nunca se quedará con esos textos de primera hornada: los corregirá, acotará, ampliará o reducirá y, tras un arduo trabajo de muchas iteraciones, acabará produciendo algo realmente valioso. Y esta diferencia es fundamental. Porque separa claramente a dos tipos de personas: Autores e Impostores.
En definitiva: Por un lado están los impostores: quienes delegan completamente el proceso creativo en la máquina. Sus textos serán correctos, eficaces… y cada vez más parecidos entre sí. Por otro lado están los autores: quienes utilizan la inteligencia artificial para potenciar su propio pensamiento.
Conviene recordar algo muy simple: la inteligencia artificial puede escribir, pero no puede tener algo que decir por ti. Si no hay criterio, experiencia, conocimiento o creatividad detrás, la máquina solo podrá producir textos técnicamente correctos pero vacíos.
Por eso la inteligencia artificial no va a uniformar la escritura. Lo que hará será amplificar la diferencia entre quienes piensan y quienes delegan el pensamiento.
Unos usarán la IA como sustituto.
Otros la usarán como herramienta.
Y con el tiempo la distancia entre unos y otros será cada vez más visible.
Porque la inteligencia artificial puede escribir muy bien.
Pero para producir textos con calidad conceptual sigue necesitando algo imprescindible.
Una cabeza detrás.
¿La tuya?
Tomás Cascante
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