El metaverso vendía futuro, la IA factura presente

Hace poco, en enero, leí un artículo sobre el metaverso, en CTECH que me dió que pensar . No tanto por lo que decía —que también— sino por lo que confirmaba y me prometí escribir algo sobre el tema. Aquí está.

Porque yo fui uno de los se ilusionó, y mucho, con el metaverso. Y también, probablemente, uno de los que más sintió el golpe cuando todo aquello hizo, sin ruido, un discreto mutis por el foro. No hubo un final abrupto, ni un titular que certificara su caída. Simplemente se fué apagando hasta que desapareció del centro de la conversación. 

Como recordaréis, hace apenas cinco años, en octubre de 2021, Zuckerberg anunciaba —a bombo y platillo— un giro estratégico de su empresa; hasta cometió la extravagancia de cambiarle el nombre a su hija Facebook, a la que pasó a bautizar como Meta. (Hablando de extravagancias, luego su “amigo” Musk se cargó Twitter para quedarse con una simple X). Bueno, como iba diciendo, el metaverso era el símbolo del gran salto tecnológico. Zuckerberg prometía una nueva era de una Internet inmersiva. Las principales tecnológicas invertían miles de millones en gafas, mundos 3D y avatares hiperrealistas. En ese nuevo y maravilloso mundo, todos íbamos a trabajar, jugar y socializar en espacios virtuales interconectados.

Hoy reina el silencio en el metaverso. Pocas startups hablan de él, los fondos de inversión lo han borrado de sus discursos, y quienes sí trabajan en él lo hacen en nichos muy concretos y específicos: videojuegos, formación, entretenimiento o entornos industriales. ¿Qué ha pasado con la “nueva realidad digital” que iba a sustituir a la web? 

La respuesta es sencilla: el metaverso prometía mucho más de lo que la tecnología podía ofrecer en ese momento. El hardware resultó incómodo y caro, las experiencias virtuales eran poco atractivas y la curva de adopción para el usuario promedio, demasiado empinada. La promesa era grande, pero la utilidad, limitada.

La IA no pidió esfuerzo, lo redujo. No prometió experiencias futuras, ofreció productividad inmediata

Mientras el entusiasmo por el metaverso se enfriaba, algo muy distinto ganaba terreno: la inteligencia artificial, que también en octubre pero del 2022 eclosionó. Donde el metaverso exigía ponerse gafas, la IA se integró en lo que ya usábamos —nuestras búsquedas, redactores de texto, herramientas de oficina y redes sociales— sin pedir permiso ni aprendizaje adicional. No necesitó un nuevo entorno: mejoró el existente. Esa diferencia fue determinante. La IA no pidió esfuerzo, lo redujo. No prometió experiencias futuras, ofreció productividad inmediata. En un contexto donde la economía y la atención del usuario no toleran demoras, la utilidad ganó por goleada a la ficción.

Además, la IA demostró algo que el metaverso aún no ha conseguido: retorno de inversión tangible. Las empresas que utilizan la IA pueden medir los ahorros de costes o el aumento de productividad con precisión; pueden ver nuevos modelos de negocio nacer de la automatización y la creación generativa. Frente a eso, el metaverso sigue aún buscando una razón económica convincente.

El metaverso nació con un impulso utópico. Quería reinventar Internet desde cero: nuevos cuerpos digitales, nuevas formas de propiedad, nuevos espacios de convivencia. Su visión era cultural, incluso filosófica. La IA, en cambio, tiene un pulso más pragmático. No busca reemplazar nuestra realidad, sino optimizarla. Se alimenta de lo que ya hacemos —escribir, diseñar, analizar, crear— y lo acelera.

En términos simbólicos, el metaverso apostó por la evasión; la IA, por la expansión. Uno nos pedía entrar; la otra se metió dentro.

Eso no significa que el metaverso haya muerto. Actualmente está dejando atrás su fase de sobreexpectación para replegarse hacia aplicaciones concretas: formación inmersiva, simulación industrial, gemelos digitales, diseño colaborativo… Proyectos menos espectaculares, pero mucho más útiles.
Quizá su futuro no pase por grandes mundos virtuales sino por integrarse con la inteligencia artificial, que podría aportar realismo, interacción y personalización. Lo que antes era una promesa abstracta podría renacer bajo una capa de IA que le dé propósito.

El metaverso nos enseñó el valor de la visión. La inteligencia artificial, el de la inmediatez. Una vendía un mañana brillante; la otra resuelve el hoy. Pero ambas expresan la misma pulsión: imaginar modos distintos de ser digitales.

Quizá el metaverso no fracasó. Tal vez simplemente llegó antes de tiempo, y ahora observa cómo la IA construye el presente que él soñó. Cuando esa infraestructura cognitiva madure, puede que lo virtual vuelva a llamar a la puerta —no como escapatoria, sino como extensión de una inteligencia que, esta vez, sí entiende el mundo.

 

Tomás Cascante
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Más:

Desaparición del metaverso del discurso

“Talk of the metaverse has faded as companies refocus on artificial intelligence.”
— Financial Times.
https://www.ft.com/

Realidad del metaverso en 2026

“Virtual worlds remain niche, with strongest adoption in gaming and enterprise training.”
— Deloitte Tech Trends.
https://www2.deloitte.com/

 

 

 

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