Acabo de leer en Xataka el artículo «Pensábamos que la generación Z iba a ser el trampolín para la IA: se han convertido en su mayor enemigo», una noticia que no puedo negar que me ha sorprendido.
Y no poco.
Contrariamente a lo que podía parecer, la generación Z, esa que por haber nacido ya completamente digital pensábamos que iba a ser la defensora más fervorosa de la inteligencia artificial, empieza a convertirse en una de sus detractoras más claras.
No es que no la usen. La usan. Pero lo hacen a regañadientes. El entusiasmo cae, la desconfianza crece y, lo más revelador, aparece algo nuevo: una resistencia activa. No hablamos solo de escepticismo, sino de jóvenes que, en entornos laborales, ralentizan, cuestionan o incluso sabotean la implantación de herramientas de inteligencia artificial. Y lo hacen no desde la ignorancia, sino desde una intuición incómoda: que esta tecnología puede ayudarles… y al mismo tiempo dificultar o hasta impedir su entrada al mercado laboral.
No es la primera vez que ocurre. A comienzos del siglo XIX, los luditas ingleses tampoco eran ajenos al progreso. Eran trabajadores cualificados que comprendieron antes que muchos otros que las máquinas no solo aumentaban la producción: también desplazaban el valor de su trabajo. No rechazaban la tecnología por ignorancia, sino por lucidez. Veían venir algo que el relato dominante tardaría años en reconocer. Algo parecido ocurrió también en el campo, cuando la aparición de las primeras máquinas de trillar llevó a muchos jornaleros a atacarlas porque entendían perfectamente lo que podían llegar a quitarles.
Y dejadme señalar otro giro llamativo: ahora va a resultar que los boomers, a priori más analógicos, somos quienes estamos adoptando la IA con más naturalidad y menos reservas. Tal vez porque tenemos menos que perder, o porque nuestra posición laboral ya está consolidada y la amenaza se percibe más lejana. Aquello que parecía destinado a ser patrimonio casi exclusivo de los más jóvenes compone así una escena inesperada. Lo apunto casi como anécdota, porque la aceptación de la IA atraviesa ya todas las edades, pero la paradoja resulta demasiado expresiva como para pasarla por alto.
Ahí está la paradoja. La generación más preparada para convivir con la inteligencia artificial es la primera que empieza a levantar la mano y decir que algo no encaja. No temen no entenderla. Temen entenderla demasiado bien…
Las cifras apuntan en esa dirección: el entusiasmo cae, el enfado crece y casi la mitad de los jóvenes percibe que los riesgos laborales superan a los beneficios. No es un rechazo romántico a la tecnología. Es un cálculo frío. Si la inteligencia artificial acelera el trabajo pero reduce el aprendizaje; si mejora la productividad pero elimina los primeros peldaños de acceso al mercado laboral, entonces la ecuación empieza a ser preocupante.Como ya apunté en otra ocasión el problema de la inteligencia artificial no es que quite trabajos, es que está rompiendo la escalera.
La inteligencia artificial no está destruyendo el empleo en bloque, pero sí está alterando su estructura
Algo parecido empieza a dibujarse ahora. La inteligencia artificial no está destruyendo el empleo en bloque, pero sí está alterando su estructura. No elimina necesariamente puestos, pero sí transforma la forma de acceder a ellos. Y en ese cambio, los primeros en quedar descolocados son quienes aún no han entrado.
La generación Z no está contra la inteligencia artificial. Está contra el futuro laboral que intuye detrás de ella.
Y eso cambia completamente el debate.
Porque si la tecnología más avanzada de nuestro tiempo genera más inquietud que ilusión precisamente entre quienes deberían liderarla, quizá el problema no sea tecnológico. Quizá el problema sea que estamos construyendo un futuro en el que la tecnología avanza pero las puertas de acceso a ese futuro se estrechan.
Y si se estrechan las puertas, falta relevo.
Y sin relevo, ningún sistema aguanta.
(Date una vuelta por el artículo original)
Tomás Cascante
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