Ayer apareció en La Vanguardia un artículo realmente inquietante. Bueno, inquietante no es el artículo, sino lo que puede llegar a pasar si seguimos por la línea que apunta. Resulta que nuestro amigo Mark Zuckerberg quiere que un clon digital suyo hable con sus empleados por él.
Contado así, parece una extravagancia tecnológica, una frivolidad más de esta época obsesionada con automatizarlo todo. Pero quizá no sea una anécdota. Quizá sea una señal. Quizá estemos viendo el primer paso de un mundo en el que ya no seamos nosotros quienes hablamos, sino nuestras réplicas.
Hoy es Zuckerberg. Mañana serán directivos, comerciales, médicos, abogados, profesores, clientes… Cada uno con su doble digital respondiendo mensajes, atendiendo consultas, negociando, explicando, calmando o convenciendo. Y entonces aparece la pregunta de verdad: ¿qué pasará cuando tu clon hable con el mío? ¿Cuando el clon de mi cliente trate conmigo? ¿Dónde vamos a estar nosotros?
Al principio, probablemente, seguiremos ahí, supervisando, corrigiendo, entrando solo cuando algo falle. Pero ya nos conocemos… primero delegaremos una parte, luego casi todo, y al final acabaremos dejando que esos dobles hablen, negocien y gestionen por nosotros mientras nosotros nos iremos a pasear o yo qué sé a qué hacer en ese mundo en el que ya no pintaremos nada.
Planteado como teoría, casi como un divertimento, el asunto tiene incluso un punto brillante. Se podría presentar como la culminación de la eficiencia: ahorrar tiempo, evitar fricciones, multiplicar la presencia, estar en todas partes sin estar realmente en ninguna. Suena práctico, tentador incluso. Pero basta empujar un poco más la idea para que el juego deje de hacer gracia y pase a ser la inquietante preocupación que mencionada en el primer párrafo.
Porque la conversación no es una tarea secundaria. No es un simple trámite. En la conversación decidimos, matizamos, dudamos, persuadimos, cedemos, mostramos interés, marcamos jerarquías, construimos confianza. Hablar no es solo emitir sonidos o encadenar frases correctas. Hablar es estar. Y en el momento en que aceptemos que otros —aunque sean nuestros dobles— hablen por nosotros de forma habitual, empezaremos también a aceptar nuestra propia retirada.
Y ahí aparece la duda de fondo, la que da título a este artículo: ¿no estaremos creando un nuevo Matrix?
No uno de ciencia ficción, con cápsulas, enchufes y máquinas dominando el planeta. No hace falta nada tan espectacular. Bastaría un sistema mucho más fino y aparentemente inocente: un mundo donde las relaciones laborales, comerciales y personales sigan funcionando solas mediante una red de réplicas digitales que hablan entre sí mientras los humanos vamos quedando desplazados de la escena principal.
La paradoja es potente. Hemos inventado estas herramientas para ganar tiempo, para aumentar nuestra capacidad, para liberarnos de tareas. Pero quizá el paso siguiente consista en algo bastante más serio: liberarnos de nosotros mismos. No porque alguien nos obligue. No porque una máquina nos expulse. Sino porque la comodidad, la pereza y la lógica de la eficiencia nos empujarán a retirarnos voluntariamente.
Y tal vez ese sea el verdadero riesgo de esta tecnología. No que piense mejor que nosotros. No que nos imite demasiado bien. Sino que, poco a poco, nos acostumbre a no estar.
Tomás Cascante
PUEDES LEER TODOS MIS ARTÍCULOS NOTANDUM, AQUÍ
.
.
.
