La revolución digital transforma las estructuras sociales, pasando de una organización basada en el parentesco a una basada en la conexión, lo que implica un cambio en la identidad y la manera de relacionarse.
El artículo explora cómo la identidad en sociedades como la de los Nuer, descrita por E. E. Evans-Pritchard, se basa en relaciones familiares y no en individuos aislados. La autora compara esta estructura con la complejidad de las relaciones familiares que observó en una conversación con Paquita, destacando que la familia actúa como eje organizador de la realidad social. A medida que la tecnología avanza, se observa un cambio hacia una sociedad donde las conexiones son elegidas y flexibles, en lugar de estar determinadas por la genealogía.
La tecnología, aunque amplía las capacidades humanas, también reconfigura las estructuras sociales, haciendo que la identidad dependa más de proyectos que de un linaje. Este cambio no es una degradación, sino una transformación significativa que lleva a una mayor autonomía, pero también a una sensación de soledad y fragilidad en las relaciones.
La autora plantea que, aunque hemos avanzado tecnológicamente, la pregunta crucial es si seremos capaces de construir nuevas formas de comunidad que mantengan la densidad simbólica y el sentido de pertenencia que existía en las relaciones más tradicionales.
¿Podremos crear comunidades digitales que ofrezcan la misma profundidad y significado que las relaciones familiares tradicionales?
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