En el programa Revolució 4.0 de Xantal Llavina, la doctora Karina Gibert, catedrática de la UPC y reconocida autoridad en inteligencia artificial, fue tajante: «No tenim cap garantia que el que escriu la IA sigui cert.» Estoy totalmente de acuerdo con la doctora Gibert. Pero eso es solo el principio del problema. Es totalmente imprudente —y desaconsejable— dar por cierto cualquier contenido que circula por las redes sociales si no proviene de una fuente autorizada y verificable.
Durante siglos, la información nos ha llegado a través de los periódicos. Desde aquel pionero alemán de 1605, la Relation aller Fürnemmen und gedenckwürdigen Historien, hasta cabeceras como The Guardian (1821), Le Figaro (1826) o La Vanguardia (1881), los diarios fueron, con sus límites, errores y sesgos, el gran canal de acceso a la realidad pública. Después llegaron la radio y la televisión, que ampliaron el alcance y aceleraron el ritmo sin alterar la autoridad informativa existente.
Internet lo cambió todo. La información empezó a circular sin jerarquía, sin filtro y sin contexto, y a medida que ganaba velocidad fue perdiendo fiabilidad. Las redes sociales llevaron esa deriva al extremo: cualquier contenido podía propagarse en segundos, mezclando hechos, opiniones, propaganda y ruido. Y la puntilla final la ha dado la inteligencia artificial.
Porque ahora ya no hablamos solo de titulares engañosos. Hablamos de la posibilidad real de fabricar imágenes, voces o vídeos falsos con total apariencia de verdad. Un chaval de quince años puede crear hoy un vídeo en el que un presidente de gobierno diga algo que jamás ha dicho, y hacerlo de forma completamente creíble.
Y entonces surge la gran pregunta: si todo puede manipularse, ¿dónde está la verdad, de qué nos fiamos, dónde nos documentamos? La respuesta es paradójica: para orientarnos en esta selva de falsificaciones tenemos que retroceder, volver a algo muy antiguo, la cabecera, el diario de confianza. Cuanto más crece la confusión, más necesitamos medios reconocibles y fiables. Ya no podemos confiar en el contenido por sí mismo, sino en quién lo publica. Las grandes cabeceras han construido algo hoy más valioso que nunca: credibilidad acumulada durante años de trabajo, aciertos y errores, pero siempre con un criterio reconocible. En medio del ruido, eso marca la diferencia.
No se trata de vivir dudando de todo, sino de elegir bien y confiar en esa elección. Las cabeceras consolidadas se han ganado ese espacio y vuelven a ser el último punto de apoyo razonable. Porque confiar en las redes sociales o en contenidos sin origen claro no es solo arriesgado: es irresponsable, y casi diría suicida. No porque todo sea falso, sino porque ya no hay forma de distinguir con certeza lo verdadero de lo manipulado.
Y, sin embargo, lo que está ocurriendo va en sentido contrario. Cada vez más personas se informan a través de redes sociales, y no es una impresión: estudios en Europa y Estados Unidos lo confirman. Plataformas como TikTok, Instagram o X se han convertido en fuente habitual de noticias para millones de personas. Pero ahí no hay cabecera, no hay criterio editorial, no hay responsabilidad. Hay ignorancia, irresponsabilidad y algoritmo.
Y el algoritmo no premia la verdad, sino la atención: lo que engancha, lo que emociona, lo que se comparte, da igual si es cierto o falso. A esto se suma la confianza informal —»lo he visto en TikTok», «me lo ha mandado un amigo»— que convierte la información en viral sin contrastarla. Y lo viral no es garantía de verdad: es simplemente visibilidad.
Por suerte, parece que los gobiernos empiezan a reaccionar con normas y controles, pero el problema es más profundo. Es cultural. Nos hemos acostumbrado a consumir información sin preguntarnos de dónde viene, y la salida, aunque no es compleja, sí es exigente: elegir bien y empezar a renunciar. Renunciar a informarse en el ruido, en la basura viral, en los contenidos sin origen claro ni responsabilidad editorial, y volver a las cabeceras, a los medios que han demostrado compromiso con la información. No perfectos, pero sí fiables.
Porque la verdad no ha desaparecido. Pero ya no está en cualquier sitio. Hoy, la verdad tiene un lugar: la cabecera en la que confías.
Tomás Cascante
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